Capítulo VII: Vivir en la brecha

 
 
Adoro las situaciones de quietud, los silencios elocuentes de una conversación que no necesita palabras, la complicidad de un amigo escuchando una misma canción y las personas que sonríen con los ojos y no con la boca. El standby de un coche recorriendo una autopista con las ventanillas bajadas, el atardecer de colores que encuentro cuando te miro, el susurro del viento pegando contra mi ventana y las noches en las que no necesitas más que una manta y una copa de vino para revivir una versión sin familia de año nuevo, esas noches en las que te gustaría abrazarte por dentro y apretarte para calmarte los nervios y ver como sale el sol de nuevo entre los resquicios de una persiana cerrada. No acusar el cansancio de vivirte tan deprisa, no ver distancias entre tu puerta y la mía, no encontrar consuelo más que dentro de tus mangas y despeinarme con el roce de tus dedos, tener que rebobinar una película para ver una escena mil veces o vivir en la brecha para sentirme vulnerable y poder apreciar cualquier gesto que intente rescatarte. Sentir que, como en aquella película de Curtiz, el mundo se derrumba y nosotros seguimos agarrándonos por las solapas aunque no tengamos frío, solo por llevarle la contraria a los formalismos, porque lo sencillo nunca me gustó y la perfección es una palabra demasiado aburrida cuando no te describe a ti distraída en mitad de la acera mirándote las uñas descascarilladas por la prisa.
 
 
Little sub.
 
 

Happy B'day, mister Testino









Vergüenza



Siento vergüenza por lo que somos. Perdón, por lo que nos dejamos convertir. Tenemos incrustada en la cabeza la estúpida idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor y, como todo sigue inexorablemente hacia adelante y no volverá, justificamos nuestro libre albedrío al creernos una generación perdida. Siento vergüenza, repito, por lo que nos estamos convirtiendo. Hacemos de esa frase nuestra filosofía y despreciamos el presente en favor del pasado por el simple hecho de recordar unos valores que luego, en realidad, no queremos volver a poner en práctica por hastío, por estar ya desfasados, por querer dejarlos allí enterrados. Creemos que no necesitamos ser rescatados. Nos gusta lo vintage, nos arrastra todo lo que tenga aromas de antiguo, pero no conseguimos vivir sin mirar el teléfono durante cinco minutos, sin indignarnos por Facebook compartiendo noticias manipuladas desde nuestro iPhone 5 de ultimísima generación, sin dejar de pedir protestas, como dijo Pérez Reverte hace unos días, muchas protestas, mucha gente en la calle pidiendo a gritos el cambio pero sin que nos toquen nuestro coche aparcado en la puerta. Que para eso es nuestro. Vemos en la independencia la piedra filosofal de la vida moderna, como si compartir la intimidad con otros resultara anacrónico en una sociedad que se desangra de humildad y valores por la línea de flotación. Caminamos sin rumbo, sin ideas ni propósitos, esperando que aquellos a los que llaman líderes se les encienda la bombilla, ejerzan su cargo y nos conduzcan cogidos de la mano; de una mano, porque la otra siempre la tendremos presta para dar golpes cuando se rebase un solo milímetro de la libertad que hemos asumido por el sufragio divino. No queremos nada, pero lo exigimos todo. Cada vez aportamos menos afabilidad, pero queremos sociedad agradable como la de las historias de nuestros abuelos en la España franquista predemocrática. 


No tengo deudas con el Franquismo, ni tan siquiera con la Transición porque no las he vivido en primera persona, y por ende solo puedo ver los errores desde la tribuna de espectadores. No tengo voz ni voto, pero sí me llena de desasosiego ver cómo no aprendemos de nada de tanto buscar la comodidad en lo zafio, en lo sencillo, en la manía de reírnos de todo y no dar importancia a nada, en criticar al primero que se cruce por delante por su aspecto, raza, obra, palabra u omisión. 

Y así, no.

Cualquier pasado no siempre fue mejor por el simple hecho de que existe la memoria selectiva, y esta es inherente a todo ser humano. Como un mecanismo de defensa para calmar la conciencia, nos  desprendemos de los malos recuerdos como si fueran la piel de la serpiente que nos ahogó un día, y el inconsciente nos hace olvidar lo que no nos gustó. Gerd Thomas Wadhauser descubrió, gracias a un encefalograma, el lugar en nuestro cerebro donde podemos pulsar delete y demostró que cuanto más empeño pongamos en olvidar algo pasado, más difícil será recordarlo en un futuro. Es decir: la memoria es limitada, y actúa por culpabilidad. Nos quedamos con los buenos momentos, los recuerdos más dulces, y evitamos pensar que hace tres o cuatro décadas también existía el terrorismo, una iglesia opresora y pederasta, existían los violadores, había un Parlamento con una propensión de mirarse el ombligo al nivel del actual, leyes que no se entendían y leyes que nadie ahora entendería. No vamos a tener la mala suerte de que únicamente la educación de antes tenga poco o mucho que envidiarle a la de hoy en día, ¿no?

Es lógica. Si tenemos ministros y gobernantes tan incapaces para hacer leyes de educación, de sanidad, de vivienda, de economía. Dirigentes tan irrespetuosos, tan ajenos a una realidad que da hostias en la cara a diario a gente que no puede pararlas; tan necios y tan arrogantes, tan cínicos y tan chulescos, tan por la tangente, tan individuales, tan egoístas, tan desfasados, tan... ineptos, es porque algo no se hizo bien cuando eran niños, ergo el futuro que nos espera seguirá siendo tan negro como la conciencia de algunos. Porque la educación se recibe en el colegio, pero también se debería recibir en casa; no a base de palos como antes ni con leyes del menor tan irrisorias como la actual, sino mamándola desde pequeño hasta que tú mismo te des cuenta de que si robas es porque, probablemente, no te han recordado que tu límite se encuentra donde acaba tu bolsillo y no donde empieza el ajeno. Por eso la crisis no es económica en tanto en cuanto es moral. Lo que escasea en este país de mierda es una base que nos recuerde que hay cosas que sí están prohibidas aunque tengas la mayor de las tentaciones, porque la línea que separa la ética de la vergüenza y la libertad del libertinaje es tan delgada que si la sobrepasas ya no la vuelves a ver nunca más. Ni tú vuelves a ser quien eras. Un asesino no matará solamente una vez si no es detenido. Un ladrón no robará solamente una vez si resulta impune. Y si aplicamos la memoria selectiva, comprobaremos que un gran porcentaje conoce sus derechos, pero si preguntas por sus obligaciones se quedará con cara de haba.

Vivimos sin rumbo, todavía borrachos de esa libertad adquirida por el voto y no por la ética, regresando a la sobriedad cuando nos sentimos solos, cuando nos damos cuenta que tampoco somos tan invulnerables como pensábamos, cuando sentimos la losa encima y miramos alrededor y vemos que los demás caminan con las mismas orejeras que tú sin ofrecer una mano que, pensamos, encontraríamos en la época de nuestros padres, tan romántica, donde todo era guay, en color sepia, con vecinos que incluso se saludaban al coincidir en un portal (qué paradojas), los niños jugaban con bocadillos de mantequilla con azúcar y los ladrones, los bándalos y los violadores eran cosa de Portugal, o de Francia, porque aquí no había de eso. 

Vivimos sin rumbo y estamos abocados al fracaso. Sin una educación decente en la escuela y una base ética en casa, seguiremos teniendo dirigentes a los que el dinero les dará la felicidad a cambio de perder toda su vergüenza, dejando que aquellos que pueden tener una conciencia distinta se vean arrastrados hacia la muchedumbre. 

Y no les importará porque no les recordaremos.



Little sub.
(Fotografía: Polina Poludnika)

A veces


A veces estás tan cerca 
Que se me olvida hasta mi nombre
Y las riman cuadran todas
Si las pinto desde tu almohada
Con la tinta de dos bocas
Que solo tienden a encontrarse.


Little sub
(Fotografía: Man Ray)

Aunque sea de mí mismo


Se llamaba Miedo, y se dejaba querer en lugar de enamorarse. Cuando hablaba, todo parecía de colores, pero al cerrarse la noche todos los tonos se volvían grises, y entre gris y gris se colaba el negro del abismo en el que caía irremediablemente por no poder dejar de pensar ni un rato en ella, en su caída de ojos antes de cerrar la puerta, en que hoy ya era ayer y mañana no llegaba nunca. Miedo no entendía de mañanas. En su vocabulario solo aparecía la palabra ahora, e incluso a veces esas cinco letras perdían su significado, porque hasta las promesas que un día fueron eternas se se tornan crueles y etéreas a veces, se mezclan con el aire y regresan con más fuerza al presente, lo contagian todo alrededor y huyen de la lluvia que te empapa los ojos, la única capaz de romper su naturaleza. Temporalmente.

Miedo vivía agarrada a la prisa. 

Hoy escuché a alguien decir que solamente una sola persona, si es que tienes la fortuna de encontrarla, puede darte todo aquello que esperas, todo aquello que anhelas; y que todos los demás seres que paseen por los bordes de tu vida serán palabrería, fumar cigarrillos caseros o querer que las sombras te respondan, como buscar abrigo en los soportales de Santa Ana. No supe qué responder. A veces quisiera correr y no parar nunca, porque miedo es, precisamente, esa persona. Miedo me cogería de la mano para que frenara, estoy seguro. «Ya no hace falta que te marches, aquí estoy», me diría, pero me soltaría rápido si viera que quiero seguir corriendo. Me dejaría libre, y entonces sería alguien libre, pero lastrado por la pena, y yo ya no sabría si quiero que me siga, me deje libre o me detenga, que se ponga delante y me estrelle contra sus brazos y note el calor tibio de su ropa en mi pecho y su voz en mi oído me tranquilice, me proteja. Aunque sea de mí mismo. 


Little sub.


Capítulo VI: Miedo


Sonaba The Verve, y aunque venía quebrado de antes, escuchó crujir otro trozo en algún lugar de su cabeza. Sabía que ya estaba perdido, que una noche cualquiera cometería la locura de decirse la verdad a sí mismo y todo se desmoronaría. Pero se reía. No había miedo donde antes encontraba tempestades. Tampoco había marcha atrás; quizás, precisamente, por eso, porque no había camino de vuelta, porque ya no había más espacio para las consecuencias de vivir tan rápido y porque cualquier otra cosa que no fuese ella era, sencillamente, caminar de espaldas hacia el precipicio. Sin embargo, tenía que escapar. Tenía que marcharse de allí. Ashcroft cantaba en un lamento y la piel se le erizaba solo de pensar que ella le dejara cantarle al oído una vez más. «Let me know and I'll sing in your ear again». Pero esta vez no había drogas que la dibujaran en el aire. Era real y era efímera y todo se diluía a su paso, o era ella la que dejaba de ser visible para el resto, tan brillante era el mundo cuando sonreía. Tenía que marcharse y dejar de vivir el estribillo en un bis infinito de diez semanas que solo le hacía temblar.
La quería tanto que rozaba el miedo.
 
Él era miedo.
 
Porque no había tenido tiempo para darse cuenta y porque antes de llegar no había luz y porque su boca podía esconder su vida y la suya. Porque nadie le había explicado que sería tan grande y que el mundo se rige con sus normas aunque nadie lo sepa. Porque estaba perdido. Porque si quieres demasiado y lo dices y la tierra se mueve bajo tus pies aun quieto, estás perdido.


Little sub.


Tres certezas y tú



Este post nace de llevar dentro el veneno de todo periodista vocacional (sí, hay periodistas pero no son de vocación, y algunos incluso que ni siquiera leen) y preguntar y preguntarme el por qué de todo. Preguntar hasta ser pedante y te lleguen a mirar con odio, hasta que tú mismo pienses que eres El Niño Tocapelotas personificado con nombre y apellidos, el pedante infinito, y te dé dolor de cabeza e incluso reparo si hace falta. 

Esto va de preguntas que yo mismo me hago. Supongo que, como este, habrá muchos post iguales en la red. No soy muy asiduo a leer blogs porque, cuantitativamente, he leído menos de los que debería, y, cualitativamente, los pocos que he leído me han decepcionado tanto que he acabado huyendo del mundo blog hace tiempo. No obstante, estoy volviendo. Con cautela, pero volviendo.

Y lo primero que he encontrado en mi retorno es un exceso de buenrollismo y crispación. No sé si lo primero se debe a  una moda social que parece haberse instalado aproximadamente desde que Mr. Wonderful nos asediara con galletas con superpoderes, poderes mágicos, magia borrás y demás trucos para ser infaliblemente feliz en nuestra vida. El segundo, políticamente hablando, a la proliferación de medios digitales de un tiempo a esta parte (lo de los blogs no es proliferación, es literalmente una explosión) unido a la tendencia de leer únicamente titulares, imaginarnos el resto del artículo, colorearlo según la ideología y canalizarlo a través de Facebook a todos nuestros amigos y amigos de amigos para caer en la trampa del perfecto manipulador. Si sabemos poco, nos informamos menos y hablamos mucho, el pastel ya está en el horno. Así que, como decía, no sé si alguien más habrá escrito certezas como estas. Supongo que será la parte buena de no leer muchos blogs: si hay coincidencias, son puramente fruto del azar.

(Nota 1: Todas ellas vienen rondándome la cabeza desde los 24-25. Quizá es casualidad. Quizá no. Quizá cuando cumples un cuarto de siglo empiezas a darte cuenta que hay cosas que es mejor aceptar)

(Nota 2: Antes de empezar a leer, pulse play)




La primera certeza, como podrá deducirse al leerme, es que no se puede vivir permanentemente en el mundo de los buenrollistas. Vale. No soy una persona (muy) optimista, y lo peor de todo es que no sé por qué; lo reconozco e incluso podría gritarlo aun a riesgo de llevarme alguna colleja (algunos dirán que no tengo motivos), pero tampoco miento: no soporto a las legiones que pretenden pintar el mundo de rosa y ver que en el corazón están todas las respuestas que la razón no entiende. Lo siento. No. Soy tan empírico que mi mente no es capaz de procesar a Jodorowski, Coelho, Bucay y todo el séquito de buenrollistas que pululan por la Casa del Libro, ni entender cómo la gente puede ser tan fuerte como para soportar cada día la tonelada de sabiduría que esconde cada libro-vómito de alguno de ellos. No es que le declare la guerra a los Mr. Wonderful y Jodorowski’s, pero siempre me he manejado mejor en terrenos que no rebosan tanta, tanta, felicidad. Sobre todo, cuando se trata de mí. A veces es mejor pensar un poco antes de lanzarse a decir que el universo conspira para que las cosas salgan como nosotros, que somos el excremento más pequeño del espacio, pretendemos.

Segunda certeza: Esta no es mía, y se titula Cuanto más sabes quién eres, y lo que quieres, menos te afectan las cosas. Esta cita cargada de verdad la escuché por primera vez en Lost in Translation, la película de Sofía Coppola de la que muchos despotrican por comparación y solo por el simple hecho de ser hija del genio que parió El Padrino. No soy crítico de cine y tampoco tengo un bagaje cultural del séptimo arte lo suficientemente vasto para hablar con propiedad, pero entre tanta basura comercial, tantos remakes comerciales, tantos plagios sin reconocer y tanto argumento manido, al menos sí se definir lo que me gusta y lo que no. Y, principalmente, lo que me gusta es aquello que, como mínimo, me deja un regusto después de haberlo probado.

Pero a lo que iba (volveré, Sofía). En una de las conversaciones sobre la vida, Bill Murray le dice esa frase a Scarlett Johansson (en adelante Scarlet porque es mi Scarlett, mía. Sorry men) en un contexto distinto pero igual de aplicable a cualquier momento.




La escena dura hasta 1m37s (no sigáis viéndola si no os queréis enamorar de Scarlet sabiendo que es mía) y dice lo siguiente:

- Estoy perdida. ¿Eso tiene arreglo?
- No. Sí. Ya se arreglará.
- ¿De veras? Fíjate en ti.
- Gracias. Cuánto más sabes quien eres y lo que quieres, menos te afectan las cosas.
- Ya. Es que aún no sé lo que quiero ser… ¿Sabes? Quise ser escritora pero odio lo que escribo y… intenté hacer fotos pero eran muy mediocres. Todas las chicas pasan por una fase de fotógrafas… y por querer un boli, ¿sabes? Y haces fotos tontas de tus pies…
- Ya lo averiguarás. No te preocupes por eso, sigue escribiendo.
- Pero, es que soy mala.
Eso es lo bueno.


Si nos obligáramos a tener un poco más de tiempo para conocernos a nosotros mismos, muchas cosas cambiarían, porque como dice Tolstoi: todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. Porque sí, todos queremos ser muchas cosas, pero resolver al final que somos solamente unas pocas nos aterra irremediablemente. Todos hemos querido ser médicos, artistas, arquitectos, Dios (sí, Dios), músicos o escritores alguna vez en nuestra vida, e inevitablemente hemos jugado a serlo como snobs que, arrastrados por la moda, son clásicos y vanguardistas al mismo tiempo. Sin respirar. Sin dejar de hablar. Como si el silencio robara vida a la vida injustamente y fuera acaso intolerable en vez de hacerla más bella.

El silencio, mi tercera certeza.

¿Dónde quedó aquel cine en el que se tiraba metraje en silencio, si acaso con una música de fondo, sin que la conversación fuera imprescindible para rodar una escena? ¿Dónde aquellas canciones con una intro instrumental o un solo de guitarra, no hablo ya de batería, que duraban más de seis, siete minutos? ¿Por qué nos cuesta tanto apreciar el silencio?

Quizá sea cosa de mi introversión, quizá de leer desde hace tiempo, de escribir o porque me guste mirar antes de hablar, pero hace tiempo que echo de menos más momentos de silencio, y me sorprende que entre tanto ruido la gente no pida a gritos un poco de calma. Sin ir más lejos, ahí está Lost in Translation. Si no la han visto, pulsen aquí. Si ya la han visto, véanla de nuevo con otros ojos. Dúchense con la luz apagada. tomen un gin tonic con alguien sin mirar el móvil. Vayan al cine solos y quédense durante los créditos. Escuchen música clásica de un solo instrumento, o bandas sonoras de Hans Zimmer. Lean un libro en su dormitorio (nunca de los arriba mencionados). Salgan a correr por la noche, muy tarde, sin el iPod, si es posible. Conduzcan con la radio apagada. Esquíen en una pista vacía o vayan a la playa muy, muy temprano. Aprendan a hablar sin abrir la boca, a escuchar a aquellos que hablan sin hacerlo. La vida no son los momentos que nos dejan sin respiración. La vida es lo que ocurre cuando nos damos cuenta que muchos de los mejores momentos ocurren en silencio.

Quizá todo esto, y otras certezas más que te ya te contaré, sea la causa de que tú seas tú y yo también sea .



Little sub.


Capítulo V: Irremediablemente


Hola, te quiero. No es que muera de amor todavía, pero te quiero, y no entiendo por qué estas cosas suelen dejarse para el final si hay finales que no tienen fecha y yo ni siquiera imagino el mío. Te quiero en el mayor de los presentes sin pensar que es una despedida o el cierre perfecto de una carta. Dos palabras, fin, y esperar respuesta en un vilo mortal. No. Yo no vine a ti para despedirme. Por eso te lo digo ahora, al principio y para contribuir a la manía de ir contra toda norma de estilo, porque puede que alguna vez también suceda lo contrario: que me pilles desprevenido, me parezcas tan grande tu y yo tan pequeño que mi boca se cierre y las palabras se me atropellen y no me atreva, o te asusten y no consigas entender lo que realmente quisiera decirte, o me cierres los labios con un dedo y eches en falta uno de ellos entre beso y beso. O todo a la vez. 

Porque esto de confesarte tantas cosas en tan poco tiempo me abruma, como me abruma la velocidad a la que vamos desde que me coges de la mano por las noches. Porque no es un simulacro, aunque al principio no pensara ni remotamente que mi vida se cayera de cabeza desde tu rascacielos, que pudiera rabiar como rabian los niños caprichosos pero de alegría, que tuviera que levantarme de la cama por la noche para escribirte tanto y que pudiera verte tan nítida si cierro los ojos aunque haya gente. Porque es real y tiene todas las letras, aunque al decirlo en voz alta parezca voluble, efímero, y se disfrace de pudor en mi cara o de rubor en la tuya y pierda fuerza, a pesar de que hay pocas cosas que desarmen más que un te quiero a destiempo. Por eso te lo escribo, para que cuando me vuelvas a dejar mudo, al menos puedas leerme y ver que también lo digo a trazos, con los labios sellados o con la pequeña asfixia que me provocas al besarme inesperadamente.

 

Te quiero. Te quiero y es un frenesí que me trae de vuelta irremediablemente a ti y me obliga a pensarte, a escribirte, para que veas que no hay fin ni forma lógica en esta manera de hacerlo. No quiero abstinencia, no quiero distancia, no quiero ignorancia, no quiero atender consejos. No quiero esperar a septiembre para tener el corazón inflamado por un levante pegajoso que embota la mente y enturbia miradas. Ya he pasado demasiado tiempo sin verte y eso es precisamente lo que no quiero. ¿Dónde has estado todos estos años? Te buscaba sin saberlo en la cara de otra gente, en camas equivocadas, inconsciente al creer que no hallaría más que resignación tras la guerra, con un guión en la mano para cuando te encontrara que al final no ha servido, porque lo has hecho tan fácil que solo ahora entiendo que las reglas se escribieron para otros, pero no para nosotros, pues si eres la reina de mi baile y ya me has escogido de acompañante, no me bastará con esperar al frío del invierno para prendernos.

Little sub.

Mañana, quizá.


Llevo menos de una semana fuera de Madrid y necesito mi dosis ya. Seis días y no he podido escribir ni una línea.
Desesperación.
De creatividad siempre ando escaso. De talento, más de lo mismo. Pero en días como este a menudo pienso directamente que lo que tengo es poco cerebro y demasiada autoexigencia, y las paredes se empiezan a estrechar y descascarillar al poco que se rozan. Por muy leve que sea el toquecito, se terminan manchando los dedos y, cuando quieres arreglarlo, todo se emborrona aún más y ya es insalvable.
Si algo me mata es la falta de ideas. Y la prisa.
Si volviera aquella época pre psicodélica.

Si la gente supiera la historia que hay detrás de cada historia.
Quizá mañana...


Turn off your mind, relax and float down stream
It is not dying, it is not dying
Lay down al thoughts, surrender to the void
It is shining, it is shining
That you may see the meaning of within
It is speaking, it is speaking
That love is all and love is everyone
It is knowing, it is knowing
When ignorance and haste may mourn the dead
It is believing, it is believing
But listen to the colour of your dreams
It is not living, it is not living
Or play the game existence to the end
Of the beginning, of the beginning
Of the beginning, of the beginning.
 
Little sub.

Capítulo IV: Cuando enero se vuelve agosto



A menudo si te pienso el corazón se me reviste de navajas, y la estampida que provocas sin querer me ventea otra vez hasta tu boca que, de tanta lija, raja, y se vuelve luego terciopelo aunque me muerdas. Nadie vale tanto como parece, o eso dicen, que ya no existen las perdices, que no confíes demasiado, pero siempre me gustó tocarle a los refranes las narices, y prefiero no esperar a las arrugas para arrepentirme, para mentirme y decir que no te busco. Quizá mañana vuelva a pensar que rara vez alguien se merece lo que se le ama, que el tiempo da más treguas al hastío y la decepción que al cariño, pero hoy traigo mil doradas puestas de sol para regalarte, y un ejército de cosquillas para cuando te descuides. No te diré que los quince minutos que pasan cuando cierras la puerta del coche son siempre los más largos de mi vida, que tengo miedo de que mis pies no puedan seguir el ritmo de tu paso, de que nuestros rincones huelan a recalentado, a postal clavada en la pared con una cruz en mi rostro, a sexo pasajero de carretera en las sábanas de tu propia cama. No te diré tampoco que ese miedo me adelanta siempre los finales (los finales prematuros no son nunca como esperas), ni que algunas manos atan trampas con lazos de seda y lanzan gritos que son piedras hacia arriba como errores que algún día cometiste. Porque hoy eres la protagonista de la película cuyo final es el mismo con distinto nombre, la escena que no quiero repetir, porque ya he aprendido a caminar despacio, a hablar el idioma que habla el mundo, a entender que algunas normas no siempre están escritas para dar al fin un salto mortal.

No.
 

No quiero sentir de nuevo que te vas, tú, otros ojos, otra boca, otras mejillas sonrosadas de la vergüenza de mirarme después de besarte. No quiero más desesperanza después de levitar de tu mano. Dejaré de hacer cortes de manga a un presente que se chiva al futuro. Te tocaré el alma en cada abrazo. Te haré hipérbole. Te haré alegoría. Déjame quitarte los anillos y los pendientes. Camina. Solo camina conmigo y mírame hasta que me desgastes, hasta que no haya nada mejor que dejarnos caer. ¿Acaso entonces no es mejor caer que dar la mano sin entrecruzar los dedos, que intoxicar a otros de silencios, que guardar la vida intacta por miedo a vivirla y devorar otras existencias fingiendo que amas, que vas y vuelves y claudicas y ruegas arrodillándote hoy para volver y volver a despreciar mañana, que sembrar horizontes tan cortos como el camino de vuelta a casa de otro? 

Ya no queda nada para que comamos madrugadas con las manos llenas de tu aliento, para que subamos al tejado del planeta y veamos cómo otros se resbalan en la ceguera que un día no dejó vernos a colores. Cuando aún no sea demasiado tarde y los besos que faltan te pidan quedarte, todavía queden fuerzas para agarrarte sin que nadie pueda separarnos y aprendamos que ningún abrazo es justo excepto los nuestros. Cuando nos quitemos las arrugas de un lastre oxidado, tu risa nos dé hambre y no quede más remedio que comernos para poder seguir viviendo. Viviremos entonces con lo puesto, porque a mi me haces falta solo tú para ser el conmigo que aleja el final de la película que aún no hemos empezado.




Little Sub


Capítulo III: Silencio


Se sienta frente a ella, no dice nada, apenas se escucha el sonido de sus respiraciones, el aire que se roban el uno al otro en una pelea silenciosa aunque ni siquiera les haga falta. La mira. Solamente la mira, y cada mirada es aire, oxígeno puro para pulmones asfixiados de buscarse, es un laberinto inefable de sensaciones que no podría describir a nadie. Ciego es el que no ve tanta confidencia muda, mas para no perder tiempo explicando cosas que nadie más entenderá, la mira, y la historia arranca. Le sigue una sonrisa que no es suya, un gesto desconocido, inédito en todos los años que vivió sin conocerla; una sonrisa que estira los labios como nunca antes y encoge el tiempo hasta que las horas son minutos, y le obliga a irse a la cama porque el día ha terminado. Entonces habla, pero no es más que un intento fallido en forma de un susurro, como un pensamiento que se escapa en voz alta y la trae de vuelta del trance. 

- ¿Cuánto tiempo ha pasado? 
- Solamente un ratito, contesta ella. 
- Ojalá durase para siempre. 
Y vuelve el silencio, los dos asienten, respiran quedo, se miran, tiemblan las comisuras y, por último, sonríen otra vez. Así es como el mundo deja de ser un lugar efímero y se transforma en lo que sus labios quieren. Así es el comienzo. Él cree que son gemelos que nacieron diferentes para ser algún día siameses; ella, que el día en que todas las luces se apaguen, no podrán separarse. Mientras tanto, resisten con la certeza de saber que quienes más creen conocerse, menos daño de los demás reciben, porque ellos ya se sabían de memoria mucho antes de encontrarse.




Little sub. 
(Fotografía: Kosuke Matsuo / Modelo: Erika Labanauskaite)


Shit Happens


A veces ocurre. No tiene que ver con la edad. Hay momentos en los que parece que te has hecho mayor de repente, y las cosas que antes pasaban desapercibidas se hacen brillantes, y te chillan dentro del oído. Puedes ir agarrado a una rubia preciosa por Gran Vía disfrutando de la vista y de sus vistas y en un segundo la tarde se hace noche y el mundo parece un poco más triste y más cruel. 

Llevo en Madrid dos semanas. He vuelto después de tres años de trabajo, alguna escapada de liberación nocturna, un par de aeropuertos de paso y muchas, muchísimas, no sabéis cuántas ganas. Yo soy de esos que miran raro a quienes dicen que Madrid es demasiado grande, como si no tuviera ningún defecto más y solo se les ocurriera ese. Y sí, tienen razón: Madrid tiene sus carencias, como todas las capitales, pero no está en ella la de ser demasiado grande. Será impersonal, fría; tendrá a los okupas y skins de Sabina; podrá cansar a veces o agobiar con su tráfico incesante. Te asarás de calor en verano y te dolerán las manos del frío si eres un valiente sin guantes en invierno. Puede que preguntes la hora y quedarte con cara de tonto viendo cómo esa persona esconde su reloj para no dártela, porque Madrid tiene miedo pese a ser una ciudad policial custodiada por arcángeles posados en las azoteas de los edificios. Pero lo que la hace grande es que sea así de grande, que tenga tanta vida, que ofrezca sorpresas en cada esquina, que cada bar sea un micromundo perfecto que compite pared con pared en encanto y buen gusto con otros micromundos, que esté lleno de modernos de leggins de colores y Vans retro de escaques, que una manzana y una pera puedan darse un morreo delante del Palacio de Ana Botella haciendo un "Ai WeiWei" o que una pequeña diosa montada sobre un carro tirado por leones pueda robarte el alma un poco cada vez que la miras. Madrid mola. Mazo. Tronco. 




Pero a veces ocurre. La mierda, digo. La vida fluye feliz con el ritmo de Mary Poppins pasando con la Rubia por la puerta de Chicote para repostar en el Mercado de la Reina hasta que algo llama tu atención. La puerta de un banco parapetada de cartones. Un indigente. El cerebro reacciona al milisegundo y convierte el drama en una imagen natural, fruto del contexto que vivimos blablabla... Pero no. No era un indigente más. En primer lugar, era una indigente, y no es que fuese ella y no él lo que me provocó la pena. Tampoco que fuera española y no extranjera (nota aclaratoria: racismo cero, pero es inevitable sentir más pena por alguien "tuyo" que por un extranjero. Es duro pero es así.). El choque de sentimientos me lo provocó que su ropa no estaba sucia, ni su aspecto era desaliñado. La mujer se protegía con cartones sentada con la cara de resignación de cuando uno llega a la parada y el autobús acaba de marcharse. Solo que esta vez no era un autobús. Era su casa. Joder. No pude decir otra cosa. Joderjoderjoderjoder. La vi y veía una persona de la edad de mi madre sola y, seguramente, dando gracias porque la noche de ayer no fue muy fría. La vi y pensé en la cantidad de horas que debería pasar cada día del resto de su vida dormitando sin caer en el sueño profundo para defenderse de algún degenerado que viniera de buenas a molestar o a robarle lo poco que tiene, porque la dignidad ya se la robaron. 

Silencio. Llevo frente a la pantalla diez minutos sin saber cómo empezar este párrafo. Porque siento asco por todo y vergüenza por mí. Porque me fui a cenar y el pincho de tartar de salmón no se me clavó en el estómago para recordarme que diez metros más allá había una mujer como aquella. Casi lo había olvidado. Vale, no podemos cambiar la vida de todos aquellos que sufren o lo pasan mal o están así porque un banco se ha meado en sus zapatos vendiendo preferentes a cambio de confianza. Pero es cínico y triste y doloroso y más penoso aún por lo poco que dura en nuestra memoria. A veces pienso que deberíamos ver cada día un vídeo con los verdaderos problemas para curarnos de humildad antes de salir de casa. Entonces salimos del bar. Mary Poppins cantaba supercalifragilisticoespialidoso y yo parecía salir de Singing under rain pasando de farola en farola, hasta que la vimos otra vez de refilón. Otro joderjoderjoder más triste que el de antes. No tenía mucho dinero. Invité yo a la cena y aún tenía que pagar el parking pero no pude más. Dejé a la rubia plantada en la acera y volví sobre mis pasos para darle diez euros que deberían haber sido cien. La mujer se asustó al verme llegar corriendo, y me sonrió después. No soy un héroe, ni tampoco suelo dar limosnas, lo reconozco. No hablé con ella nada más que lo justo, y regresé peor que antes, porque a lo mejor también esperaba algo de conversación, que a veces da más calor que una manta. Madrid, qué puta eres a veces por venderte a políticos que, pese a todo, quieren multar con 750 euros a quienes pidan por la calle. Esto es lo que te hace pequeña, triste y odiosa. ¡Ella ni siquiera pedía! 

A veces ocurre. La mierda así ocurre a diario. Y te hace viejo de repente.


Little sub



Capítulo II: Antes de conocerte


No pongo límites. No sé si camino a ciegas. Creo que he vivido lo suficiente para decir que esto no es un abrazo recubierto de navajas. Corro a casa a escribirte, pero lo hago cuando todos duermen, escondido en una cama vacía aunque mi cuerpo siga viendo cómo te marchas hacia el otro lado de una puerta que no es la mía. Como si fuera tan fácil. Yo, que creía saber qué era querer, acabo de besarte con tanta fuerza como a ninguna otra mujer en mi vida, y a ti ni siquiera parecía dolerte. Yo, que tanto control he buscado en las distancias cortas, no calculé que esto se me escaparía tan rápido de las manos, pero tampoco que me divertiría verlo marcharse. Son esas manos las que tiemblan hoy, no de risa, ni de la abstinencia que me impones durante unas horas hasta volver a verte. No tiemblan porque vaya a escaparme. Porque vayas a escaparte. No. Tiemblan porque el egoísmo que llevo tatuado en las muñecas se me está cayendo a pedazos. Porque las reglas de mi país se han perdido desde que traspaso tu frontera y me invitas a la montaña rusa. Porque cuando abres los ojos quepo dentro y allí me quiero quedar para siempre. Porque tienes unos labios que son pura droga y ya me has contagiado la manía de buscarlos, y porque te viste una piel que pide a gritos cinco mil abrazos. Pero eso ya lo sabes, aunque te empeñes en decirme lo contrario. No es maquillaje, ni fachada, lo que veo en ti cada tarde. 

No hay plazos, ni calendarios, y aunque no seamos como el resto del mundo, jugaremos a eludir llamar a lo obvio por su nombre, como si fuéramos mortales y desatáramos una maldición al revelar nuestro secreto antes de tiempo. Qué extraño: vives convencido de saber qué es el amor y una mañana te despiertas con la certeza de que, en realidad, has vivido fingiendo querer toda tu vida. Y te tienes que agarrar a la pared del vértigo. Vértigo porque tu vida y la de los que han compartido parte de ella contigo era una patraña, y porque ahora quieres como si fueras dos personas a la vez, de tanto amor que destilas, y ni tan siquiera duele. Un querer desconocido, con mayúsculas y colores y sonidos. Un querer que no obliga ni necesita convencerse ni acostumbrarse. Un querer que es único, tan único que aterra y dan ganas de salir corriendo, porque no habrá más quereres así para nadie, ni más personas que puedan recibir tanto de ti nunca. No sé, quizá tú sí lo hayas sentido alguna vez. Yo antes me limitaba a poner límites, a caminar a ciegas. 

Pero eso era antes de conocerte.

Little sub.




Ahora sí



Seré muy breve, como Nacho Vegas.
Hacía tiempo que buscaba algo como esto. Un lugar donde vomitar las ciento cincuenta mil cosas que pasan/ocurren por mi cabeza a lo largo del día que, por falta de un espacio se han quedado volando y no van a volver. Voltaire acertó cuando dijo aquello de "Que me venga la inspiración pero me pille con un lápiz" (algunos atribuyen la cita a otros, pero da igual, el caso es que es una verdad como pocas y quien haya escrito, incluso pensado, algo importante sabrá de lo que hablo).

 


Black Sub es una instrospectiva a todo ello. Un viaje interior, a veces carente de sentido, para poner orden en mí mismo. Siempre fui más de escribir que de hablar, así que os contaré cosas con la tipografía Courier, que es la más periodística que Blogger me ofrece. Porque soy periodista. Joven periodista cansado del periodismo de este país de mierda (es difícil omitir ese calificativo cuando hablo de país, aunque suene antipatriota o muy republicano), fotógrafo por fuerza aunque cada vez con más pasión, escritor a ratos (menos ratos de los que quisieran algunos amigos y mi madre) y un montón de cosas más, que ya irá descubriendo quien me siga. Al menos, creo, no tengo faltas de ortografía, y eso en un país de mierda como el nuestro lo considero casi una propuesta de matrimonio directa saltándose la pedida de mano a mi padre.

Black Sub es de Little Black Submarine, la canción de los Black Keys que resume parte de la filosofía de este blog. Una canción, todo hay que reconocerlo, que me ha taladrado la cabeza desde que la descubrí y que he repetido cantando y sin cantar más de doscientas veces en esta semana (estamos a martes, y no miento). No es mi canción preferida, pero es mi canción. A veces me inspiran cosas que no entenderéis. Esta, en concreto, me ha lanzado al mundo blogger.

Oh, can it be?
The voices calling me
They get lost and out of time.

 
Por favor, suban el volumen. Con todos ustedes...

 


Por eso, y para no contradecir la primera línea de este post, termino. Little Black Submarine es política, es literatura, es cine, es humor (absurdo), es amor. Puede que mucho amor. Whole lottla love*. No se levanten. Me voy yo, pero volveré.

Por cierto, la foto de la cabecera, de la que estoy enamorado desde la primera vez que la vi, es de Dominique Issermann. Toda mi admiración y toda mi envidia a la fotógrafa documental francesa de Leonard Cohen que un día descubrió (como yo) la fotografía de moda y allí se quedó a vivir. Recomendable 1000%.


Little sub


Capítulo I: Olvidé - (Las presentaciones, después)


Me olvidé de soñar porque vivir era más importante. Me olvidé de medir porque las reglas no acotan, sino alargan, el espacio que me separa de tu sonrisa. Olvidé las excusas. Olvidé no mirar de frente, y aunque no lo sepas, todavía cierro los puños si levanto la vista y te encuentro delante. 

Me olvidé de robarle frases a los libros porque preferí escribir de tu trazo. Me olvidé de buscarte porque te encontraba en todos los lugares, en todas las ciudades, aunque en realidad no fueras tú, sino alguien que intenta parecerse a ti. Olvidé conversaciones tontas, porque prefiero quedarme mudo a tu lado. Olvidé el tiempo que había pasado hasta encontrarte, y cuando caí en la cuenta de lo que había esperado, empecé a contar lo que nos quedaba para seguir andando. Olvidé que la música suena de tu boca y lo demás es fantasía. Olvidé el viento el día que te conocí, que no había luces y todo estaba tan claro, que la marea subía para rozarte y que temblé con el primer abrazo. 

Y me olvidé de todo porque la amnesia que provocas es tan dulce que no hace falta ya soñarte, medirte, buscarte, escribirte, y todo parece tan fácil que da miedo o parece una broma hasta que te miro y sigues ahí, esperando que levante la cara y sonreír cuando apriete los puños otra vez de puro nervio. De puro miedo.



Little Sub.