Adoro las situaciones de quietud, los silencios elocuentes de una
conversación que no necesita palabras, la complicidad de un amigo
escuchando una misma canción y las personas que sonríen con los ojos y
no con la boca. El standby de un coche recorriendo una autopista con las
ventanillas bajadas, el atardecer de colores que encuentro cuando te
miro, el susurro del viento pegando
contra mi ventana y las noches en las que no necesitas más que una manta
y una copa de vino para revivir una versión sin familia de año nuevo,
esas noches en las que te gustaría abrazarte por dentro y apretarte para
calmarte los nervios y ver como sale el sol de nuevo entre los
resquicios de una persiana cerrada. No acusar el cansancio de vivirte
tan deprisa, no ver distancias entre tu puerta y la mía, no encontrar
consuelo más que dentro de tus mangas y despeinarme con el roce de tus
dedos, tener que rebobinar una película para ver una escena mil veces o
vivir en la brecha para sentirme vulnerable y poder apreciar cualquier
gesto que intente rescatarte. Sentir que, como en aquella película de
Curtiz, el mundo se derrumba y nosotros seguimos agarrándonos por las
solapas aunque no tengamos frío, solo por llevarle la contraria a los
formalismos, porque lo sencillo nunca me gustó y la perfección es una
palabra demasiado aburrida cuando no te describe a ti distraída en mitad
de la acera mirándote las uñas descascarilladas por la prisa.
Little sub.
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