Capítulo VII: Vivir en la brecha

 
 
Adoro las situaciones de quietud, los silencios elocuentes de una conversación que no necesita palabras, la complicidad de un amigo escuchando una misma canción y las personas que sonríen con los ojos y no con la boca. El standby de un coche recorriendo una autopista con las ventanillas bajadas, el atardecer de colores que encuentro cuando te miro, el susurro del viento pegando contra mi ventana y las noches en las que no necesitas más que una manta y una copa de vino para revivir una versión sin familia de año nuevo, esas noches en las que te gustaría abrazarte por dentro y apretarte para calmarte los nervios y ver como sale el sol de nuevo entre los resquicios de una persiana cerrada. No acusar el cansancio de vivirte tan deprisa, no ver distancias entre tu puerta y la mía, no encontrar consuelo más que dentro de tus mangas y despeinarme con el roce de tus dedos, tener que rebobinar una película para ver una escena mil veces o vivir en la brecha para sentirme vulnerable y poder apreciar cualquier gesto que intente rescatarte. Sentir que, como en aquella película de Curtiz, el mundo se derrumba y nosotros seguimos agarrándonos por las solapas aunque no tengamos frío, solo por llevarle la contraria a los formalismos, porque lo sencillo nunca me gustó y la perfección es una palabra demasiado aburrida cuando no te describe a ti distraída en mitad de la acera mirándote las uñas descascarilladas por la prisa.
 
 
Little sub.
 
 

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