Este post nace de llevar dentro el veneno de todo periodista vocacional (sí, hay periodistas pero no son de vocación, y algunos incluso que ni siquiera leen) y preguntar y preguntarme el por qué de todo. Preguntar hasta ser pedante y te lleguen a mirar con odio, hasta que tú mismo pienses que eres El Niño Tocapelotas personificado con nombre y apellidos, el pedante infinito, y te dé dolor de cabeza e incluso reparo si hace falta.
Esto va de preguntas que yo mismo me hago. Supongo que, como este, habrá muchos post iguales en la red. No soy muy asiduo a leer blogs porque, cuantitativamente, he leído menos de los que debería, y, cualitativamente, los pocos que he leído me han decepcionado tanto que he acabado huyendo del mundo blog hace tiempo. No obstante, estoy volviendo. Con cautela, pero volviendo.
Y lo primero que he encontrado en mi retorno es un exceso de buenrollismo y crispación. No sé si lo primero se debe a una moda social que parece haberse instalado aproximadamente desde que Mr. Wonderful nos asediara con galletas con superpoderes, poderes mágicos, magia borrás y demás trucos para ser infaliblemente feliz en nuestra vida. El segundo, políticamente hablando, a la proliferación de medios digitales de un tiempo a esta parte (lo de los blogs no es proliferación, es literalmente una explosión) unido a la tendencia de leer únicamente titulares, imaginarnos el resto del artículo, colorearlo según la ideología y canalizarlo a través de Facebook a todos nuestros amigos y amigos de amigos para caer en la trampa del perfecto manipulador. Si sabemos poco, nos informamos menos y hablamos mucho, el pastel ya está en el horno. Así que, como decía, no sé si alguien más habrá escrito certezas como estas. Supongo que será la parte buena de no leer muchos blogs: si hay coincidencias, son puramente fruto del azar.
(Nota 1: Todas ellas vienen rondándome la cabeza desde los 24-25. Quizá es casualidad. Quizá no. Quizá cuando cumples un cuarto de siglo empiezas a darte cuenta que hay cosas que es mejor aceptar)
(Nota 2: Antes de empezar a leer, pulse play)
La primera certeza, como podrá deducirse al leerme, es que no se puede vivir permanentemente en el mundo de los buenrollistas. Vale. No soy una persona (muy) optimista, y lo peor de todo es que no sé por qué; lo reconozco e incluso podría gritarlo aun a riesgo de llevarme alguna colleja (algunos dirán que no tengo motivos), pero tampoco miento: no soporto a las legiones que pretenden pintar el mundo de rosa y ver que en el corazón están todas las respuestas que la razón no entiende. Lo siento. No. Soy tan empírico que mi mente no es capaz de procesar a Jodorowski, Coelho, Bucay y todo el séquito de buenrollistas que pululan por la Casa del Libro, ni entender cómo la gente puede ser tan fuerte como para soportar cada día la tonelada de sabiduría que esconde cada libro-vómito de alguno de ellos. No es que le declare la guerra a los Mr. Wonderful y Jodorowski’s, pero siempre me he manejado mejor en terrenos que no rebosan tanta, tanta, felicidad. Sobre todo, cuando se trata de mí. A veces es mejor pensar un poco antes de lanzarse a decir que el universo conspira para que las cosas salgan como nosotros, que somos el excremento más pequeño del espacio, pretendemos.
Segunda certeza: Esta no es mía, y se titula Cuanto más sabes quién eres, y lo que quieres, menos te afectan las cosas. Esta cita cargada de verdad la escuché por primera vez en Lost in Translation, la película de Sofía Coppola de la que muchos despotrican por comparación y solo por el simple hecho de ser hija del genio que parió El Padrino. No soy crítico de cine y tampoco tengo un bagaje cultural del séptimo arte lo suficientemente vasto para hablar con propiedad, pero entre tanta basura comercial, tantos remakes comerciales, tantos plagios sin reconocer y tanto argumento manido, al menos sí se definir lo que me gusta y lo que no. Y, principalmente, lo que me gusta es aquello que, como mínimo, me deja un regusto después de haberlo probado.
Pero a lo que iba (volveré, Sofía). En una de las conversaciones sobre la vida, Bill Murray le dice esa frase a Scarlett Johansson (en adelante Scarlet porque es mi Scarlett, mía. Sorry men) en un contexto distinto pero igual de aplicable a cualquier momento.
- Estoy perdida. ¿Eso tiene arreglo?
- No. Sí. Ya se arreglará.
- ¿De veras? Fíjate en ti.
- Gracias. Cuánto más sabes quien eres y lo que quieres, menos te afectan las cosas.
- Ya. Es que aún no sé lo que quiero ser… ¿Sabes? Quise ser escritora pero odio lo que escribo y… intenté hacer fotos pero eran muy mediocres. Todas las chicas pasan por una fase de fotógrafas… y por querer un boli, ¿sabes? Y haces fotos tontas de tus pies…
- Ya lo averiguarás. No te preocupes por eso, sigue escribiendo.
- Pero, es que soy mala.
Eso es lo bueno.
Si nos obligáramos a tener un poco más de tiempo para conocernos a nosotros mismos, muchas cosas cambiarían, porque como dice Tolstoi: todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. Porque sí, todos queremos ser muchas cosas, pero resolver al final que somos solamente unas pocas nos aterra irremediablemente. Todos hemos querido ser médicos, artistas, arquitectos, Dios (sí, Dios), músicos o escritores alguna vez en nuestra vida, e inevitablemente hemos jugado a serlo como snobs que, arrastrados por la moda, son clásicos y vanguardistas al mismo tiempo. Sin respirar. Sin dejar de hablar. Como si el silencio robara vida a la vida injustamente y fuera acaso intolerable en vez de hacerla más bella.
El silencio, mi tercera certeza.
¿Dónde quedó aquel cine en el que se tiraba metraje en silencio, si acaso con una música de fondo, sin que la conversación fuera imprescindible para rodar una escena? ¿Dónde aquellas canciones con una intro instrumental o un solo de guitarra, no hablo ya de batería, que duraban más de seis, siete minutos? ¿Por qué nos cuesta tanto apreciar el silencio?
Quizá sea cosa de mi introversión, quizá de leer desde hace tiempo, de escribir o porque me guste mirar antes de hablar, pero hace tiempo que echo de menos más momentos de silencio, y me sorprende que entre tanto ruido la gente no pida a gritos un poco de calma. Sin ir más lejos, ahí está Lost in Translation. Si no la han visto, pulsen aquí. Si ya la han visto, véanla de nuevo con otros ojos. Dúchense con la luz apagada. tomen un gin tonic con alguien sin mirar el móvil. Vayan al cine solos y quédense durante los créditos. Escuchen música clásica de un solo instrumento, o bandas sonoras de Hans Zimmer. Lean un libro en su dormitorio (nunca de los arriba mencionados). Salgan a correr por la noche, muy tarde, sin el iPod, si es posible. Conduzcan con la radio apagada. Esquíen en una pista vacía o vayan a la playa muy, muy temprano. Aprendan a hablar sin abrir la boca, a escuchar a aquellos que hablan sin hacerlo. La vida no son los momentos que nos dejan sin respiración. La vida es lo que ocurre cuando nos damos cuenta que muchos de los mejores momentos ocurren en silencio.
Quizá todo esto, y otras certezas más que te ya te contaré, sea la causa de que tú seas tú y yo también sea tú.
Little sub.
No hay comentarios :
Publicar un comentario