Capítulo II: Antes de conocerte


No pongo límites. No sé si camino a ciegas. Creo que he vivido lo suficiente para decir que esto no es un abrazo recubierto de navajas. Corro a casa a escribirte, pero lo hago cuando todos duermen, escondido en una cama vacía aunque mi cuerpo siga viendo cómo te marchas hacia el otro lado de una puerta que no es la mía. Como si fuera tan fácil. Yo, que creía saber qué era querer, acabo de besarte con tanta fuerza como a ninguna otra mujer en mi vida, y a ti ni siquiera parecía dolerte. Yo, que tanto control he buscado en las distancias cortas, no calculé que esto se me escaparía tan rápido de las manos, pero tampoco que me divertiría verlo marcharse. Son esas manos las que tiemblan hoy, no de risa, ni de la abstinencia que me impones durante unas horas hasta volver a verte. No tiemblan porque vaya a escaparme. Porque vayas a escaparte. No. Tiemblan porque el egoísmo que llevo tatuado en las muñecas se me está cayendo a pedazos. Porque las reglas de mi país se han perdido desde que traspaso tu frontera y me invitas a la montaña rusa. Porque cuando abres los ojos quepo dentro y allí me quiero quedar para siempre. Porque tienes unos labios que son pura droga y ya me has contagiado la manía de buscarlos, y porque te viste una piel que pide a gritos cinco mil abrazos. Pero eso ya lo sabes, aunque te empeñes en decirme lo contrario. No es maquillaje, ni fachada, lo que veo en ti cada tarde. 

No hay plazos, ni calendarios, y aunque no seamos como el resto del mundo, jugaremos a eludir llamar a lo obvio por su nombre, como si fuéramos mortales y desatáramos una maldición al revelar nuestro secreto antes de tiempo. Qué extraño: vives convencido de saber qué es el amor y una mañana te despiertas con la certeza de que, en realidad, has vivido fingiendo querer toda tu vida. Y te tienes que agarrar a la pared del vértigo. Vértigo porque tu vida y la de los que han compartido parte de ella contigo era una patraña, y porque ahora quieres como si fueras dos personas a la vez, de tanto amor que destilas, y ni tan siquiera duele. Un querer desconocido, con mayúsculas y colores y sonidos. Un querer que no obliga ni necesita convencerse ni acostumbrarse. Un querer que es único, tan único que aterra y dan ganas de salir corriendo, porque no habrá más quereres así para nadie, ni más personas que puedan recibir tanto de ti nunca. No sé, quizá tú sí lo hayas sentido alguna vez. Yo antes me limitaba a poner límites, a caminar a ciegas. 

Pero eso era antes de conocerte.

Little sub.




No hay comentarios :

Publicar un comentario