Shit Happens


A veces ocurre. No tiene que ver con la edad. Hay momentos en los que parece que te has hecho mayor de repente, y las cosas que antes pasaban desapercibidas se hacen brillantes, y te chillan dentro del oído. Puedes ir agarrado a una rubia preciosa por Gran Vía disfrutando de la vista y de sus vistas y en un segundo la tarde se hace noche y el mundo parece un poco más triste y más cruel. 

Llevo en Madrid dos semanas. He vuelto después de tres años de trabajo, alguna escapada de liberación nocturna, un par de aeropuertos de paso y muchas, muchísimas, no sabéis cuántas ganas. Yo soy de esos que miran raro a quienes dicen que Madrid es demasiado grande, como si no tuviera ningún defecto más y solo se les ocurriera ese. Y sí, tienen razón: Madrid tiene sus carencias, como todas las capitales, pero no está en ella la de ser demasiado grande. Será impersonal, fría; tendrá a los okupas y skins de Sabina; podrá cansar a veces o agobiar con su tráfico incesante. Te asarás de calor en verano y te dolerán las manos del frío si eres un valiente sin guantes en invierno. Puede que preguntes la hora y quedarte con cara de tonto viendo cómo esa persona esconde su reloj para no dártela, porque Madrid tiene miedo pese a ser una ciudad policial custodiada por arcángeles posados en las azoteas de los edificios. Pero lo que la hace grande es que sea así de grande, que tenga tanta vida, que ofrezca sorpresas en cada esquina, que cada bar sea un micromundo perfecto que compite pared con pared en encanto y buen gusto con otros micromundos, que esté lleno de modernos de leggins de colores y Vans retro de escaques, que una manzana y una pera puedan darse un morreo delante del Palacio de Ana Botella haciendo un "Ai WeiWei" o que una pequeña diosa montada sobre un carro tirado por leones pueda robarte el alma un poco cada vez que la miras. Madrid mola. Mazo. Tronco. 




Pero a veces ocurre. La mierda, digo. La vida fluye feliz con el ritmo de Mary Poppins pasando con la Rubia por la puerta de Chicote para repostar en el Mercado de la Reina hasta que algo llama tu atención. La puerta de un banco parapetada de cartones. Un indigente. El cerebro reacciona al milisegundo y convierte el drama en una imagen natural, fruto del contexto que vivimos blablabla... Pero no. No era un indigente más. En primer lugar, era una indigente, y no es que fuese ella y no él lo que me provocó la pena. Tampoco que fuera española y no extranjera (nota aclaratoria: racismo cero, pero es inevitable sentir más pena por alguien "tuyo" que por un extranjero. Es duro pero es así.). El choque de sentimientos me lo provocó que su ropa no estaba sucia, ni su aspecto era desaliñado. La mujer se protegía con cartones sentada con la cara de resignación de cuando uno llega a la parada y el autobús acaba de marcharse. Solo que esta vez no era un autobús. Era su casa. Joder. No pude decir otra cosa. Joderjoderjoderjoder. La vi y veía una persona de la edad de mi madre sola y, seguramente, dando gracias porque la noche de ayer no fue muy fría. La vi y pensé en la cantidad de horas que debería pasar cada día del resto de su vida dormitando sin caer en el sueño profundo para defenderse de algún degenerado que viniera de buenas a molestar o a robarle lo poco que tiene, porque la dignidad ya se la robaron. 

Silencio. Llevo frente a la pantalla diez minutos sin saber cómo empezar este párrafo. Porque siento asco por todo y vergüenza por mí. Porque me fui a cenar y el pincho de tartar de salmón no se me clavó en el estómago para recordarme que diez metros más allá había una mujer como aquella. Casi lo había olvidado. Vale, no podemos cambiar la vida de todos aquellos que sufren o lo pasan mal o están así porque un banco se ha meado en sus zapatos vendiendo preferentes a cambio de confianza. Pero es cínico y triste y doloroso y más penoso aún por lo poco que dura en nuestra memoria. A veces pienso que deberíamos ver cada día un vídeo con los verdaderos problemas para curarnos de humildad antes de salir de casa. Entonces salimos del bar. Mary Poppins cantaba supercalifragilisticoespialidoso y yo parecía salir de Singing under rain pasando de farola en farola, hasta que la vimos otra vez de refilón. Otro joderjoderjoder más triste que el de antes. No tenía mucho dinero. Invité yo a la cena y aún tenía que pagar el parking pero no pude más. Dejé a la rubia plantada en la acera y volví sobre mis pasos para darle diez euros que deberían haber sido cien. La mujer se asustó al verme llegar corriendo, y me sonrió después. No soy un héroe, ni tampoco suelo dar limosnas, lo reconozco. No hablé con ella nada más que lo justo, y regresé peor que antes, porque a lo mejor también esperaba algo de conversación, que a veces da más calor que una manta. Madrid, qué puta eres a veces por venderte a políticos que, pese a todo, quieren multar con 750 euros a quienes pidan por la calle. Esto es lo que te hace pequeña, triste y odiosa. ¡Ella ni siquiera pedía! 

A veces ocurre. La mierda así ocurre a diario. Y te hace viejo de repente.


Little sub



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