Capítulo IV: Cuando enero se vuelve agosto
A menudo si te pienso el corazón se me reviste de navajas, y la estampida que provocas sin querer me ventea otra vez hasta tu boca que, de tanta lija, raja, y se vuelve luego terciopelo aunque me muerdas. Nadie vale tanto como parece, o eso dicen, que ya no existen las perdices, que no confíes demasiado, pero siempre me gustó tocarle a los refranes las narices, y prefiero no esperar a las arrugas para arrepentirme, para mentirme y decir que no te busco. Quizá mañana vuelva a pensar que rara vez alguien se merece lo que se le ama, que el tiempo da más treguas al hastío y la decepción que al cariño, pero hoy traigo mil doradas puestas de sol para regalarte, y un ejército de cosquillas para cuando te descuides. No te diré que los quince minutos que pasan cuando cierras la puerta del coche son siempre los más largos de mi vida, que tengo miedo de que mis pies no puedan seguir el ritmo de tu paso, de que nuestros rincones huelan a recalentado, a postal clavada en la pared con una cruz en mi rostro, a sexo pasajero de carretera en las sábanas de tu propia cama. No te diré tampoco que ese miedo me adelanta siempre los finales (los finales prematuros no son nunca como esperas), ni que algunas manos atan trampas con lazos de seda y lanzan gritos que son piedras hacia arriba como errores que algún día cometiste. Porque hoy eres la protagonista de la película cuyo final es el mismo con distinto nombre, la escena que no quiero repetir, porque ya he aprendido a caminar despacio, a hablar el idioma que habla el mundo, a entender que algunas normas no siempre están escritas para dar al fin un salto mortal.
No.
No quiero sentir de nuevo que te vas, tú, otros ojos, otra boca, otras mejillas sonrosadas de la vergüenza de mirarme después de besarte. No quiero más desesperanza después de levitar de tu mano. Dejaré de hacer cortes de manga a un presente que se chiva al futuro. Te tocaré el alma en cada abrazo. Te haré hipérbole. Te haré alegoría. Déjame quitarte los anillos y los pendientes. Camina. Solo camina conmigo y mírame hasta que me desgastes, hasta que no haya nada mejor que dejarnos caer. ¿Acaso entonces no es mejor caer que dar la mano sin entrecruzar los dedos, que intoxicar a otros de silencios, que guardar la vida intacta por miedo a vivirla y devorar otras existencias fingiendo que amas, que vas y vuelves y claudicas y ruegas arrodillándote hoy para volver y volver a despreciar mañana, que sembrar horizontes tan cortos como el camino de vuelta a casa de otro?
Ya no queda nada para que comamos madrugadas con las manos llenas de tu aliento, para que subamos al tejado del planeta y veamos cómo otros se resbalan en la ceguera que un día no dejó vernos a colores. Cuando aún no sea demasiado tarde y los besos que faltan te pidan quedarte, todavía queden fuerzas para agarrarte sin que nadie pueda separarnos y aprendamos que ningún abrazo es justo excepto los nuestros. Cuando nos quitemos las arrugas de un lastre oxidado, tu risa nos dé hambre y no quede más remedio que comernos para poder seguir viviendo. Viviremos entonces con lo puesto, porque a mi me haces falta solo tú para ser el conmigo que aleja el final de la película que aún no hemos empezado.
Little Sub
Suscribirse a:
Enviar comentarios
(
Atom
)
No hay comentarios :
Publicar un comentario