Vergüenza



Siento vergüenza por lo que somos. Perdón, por lo que nos dejamos convertir. Tenemos incrustada en la cabeza la estúpida idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor y, como todo sigue inexorablemente hacia adelante y no volverá, justificamos nuestro libre albedrío al creernos una generación perdida. Siento vergüenza, repito, por lo que nos estamos convirtiendo. Hacemos de esa frase nuestra filosofía y despreciamos el presente en favor del pasado por el simple hecho de recordar unos valores que luego, en realidad, no queremos volver a poner en práctica por hastío, por estar ya desfasados, por querer dejarlos allí enterrados. Creemos que no necesitamos ser rescatados. Nos gusta lo vintage, nos arrastra todo lo que tenga aromas de antiguo, pero no conseguimos vivir sin mirar el teléfono durante cinco minutos, sin indignarnos por Facebook compartiendo noticias manipuladas desde nuestro iPhone 5 de ultimísima generación, sin dejar de pedir protestas, como dijo Pérez Reverte hace unos días, muchas protestas, mucha gente en la calle pidiendo a gritos el cambio pero sin que nos toquen nuestro coche aparcado en la puerta. Que para eso es nuestro. Vemos en la independencia la piedra filosofal de la vida moderna, como si compartir la intimidad con otros resultara anacrónico en una sociedad que se desangra de humildad y valores por la línea de flotación. Caminamos sin rumbo, sin ideas ni propósitos, esperando que aquellos a los que llaman líderes se les encienda la bombilla, ejerzan su cargo y nos conduzcan cogidos de la mano; de una mano, porque la otra siempre la tendremos presta para dar golpes cuando se rebase un solo milímetro de la libertad que hemos asumido por el sufragio divino. No queremos nada, pero lo exigimos todo. Cada vez aportamos menos afabilidad, pero queremos sociedad agradable como la de las historias de nuestros abuelos en la España franquista predemocrática. 


No tengo deudas con el Franquismo, ni tan siquiera con la Transición porque no las he vivido en primera persona, y por ende solo puedo ver los errores desde la tribuna de espectadores. No tengo voz ni voto, pero sí me llena de desasosiego ver cómo no aprendemos de nada de tanto buscar la comodidad en lo zafio, en lo sencillo, en la manía de reírnos de todo y no dar importancia a nada, en criticar al primero que se cruce por delante por su aspecto, raza, obra, palabra u omisión. 

Y así, no.

Cualquier pasado no siempre fue mejor por el simple hecho de que existe la memoria selectiva, y esta es inherente a todo ser humano. Como un mecanismo de defensa para calmar la conciencia, nos  desprendemos de los malos recuerdos como si fueran la piel de la serpiente que nos ahogó un día, y el inconsciente nos hace olvidar lo que no nos gustó. Gerd Thomas Wadhauser descubrió, gracias a un encefalograma, el lugar en nuestro cerebro donde podemos pulsar delete y demostró que cuanto más empeño pongamos en olvidar algo pasado, más difícil será recordarlo en un futuro. Es decir: la memoria es limitada, y actúa por culpabilidad. Nos quedamos con los buenos momentos, los recuerdos más dulces, y evitamos pensar que hace tres o cuatro décadas también existía el terrorismo, una iglesia opresora y pederasta, existían los violadores, había un Parlamento con una propensión de mirarse el ombligo al nivel del actual, leyes que no se entendían y leyes que nadie ahora entendería. No vamos a tener la mala suerte de que únicamente la educación de antes tenga poco o mucho que envidiarle a la de hoy en día, ¿no?

Es lógica. Si tenemos ministros y gobernantes tan incapaces para hacer leyes de educación, de sanidad, de vivienda, de economía. Dirigentes tan irrespetuosos, tan ajenos a una realidad que da hostias en la cara a diario a gente que no puede pararlas; tan necios y tan arrogantes, tan cínicos y tan chulescos, tan por la tangente, tan individuales, tan egoístas, tan desfasados, tan... ineptos, es porque algo no se hizo bien cuando eran niños, ergo el futuro que nos espera seguirá siendo tan negro como la conciencia de algunos. Porque la educación se recibe en el colegio, pero también se debería recibir en casa; no a base de palos como antes ni con leyes del menor tan irrisorias como la actual, sino mamándola desde pequeño hasta que tú mismo te des cuenta de que si robas es porque, probablemente, no te han recordado que tu límite se encuentra donde acaba tu bolsillo y no donde empieza el ajeno. Por eso la crisis no es económica en tanto en cuanto es moral. Lo que escasea en este país de mierda es una base que nos recuerde que hay cosas que sí están prohibidas aunque tengas la mayor de las tentaciones, porque la línea que separa la ética de la vergüenza y la libertad del libertinaje es tan delgada que si la sobrepasas ya no la vuelves a ver nunca más. Ni tú vuelves a ser quien eras. Un asesino no matará solamente una vez si no es detenido. Un ladrón no robará solamente una vez si resulta impune. Y si aplicamos la memoria selectiva, comprobaremos que un gran porcentaje conoce sus derechos, pero si preguntas por sus obligaciones se quedará con cara de haba.

Vivimos sin rumbo, todavía borrachos de esa libertad adquirida por el voto y no por la ética, regresando a la sobriedad cuando nos sentimos solos, cuando nos damos cuenta que tampoco somos tan invulnerables como pensábamos, cuando sentimos la losa encima y miramos alrededor y vemos que los demás caminan con las mismas orejeras que tú sin ofrecer una mano que, pensamos, encontraríamos en la época de nuestros padres, tan romántica, donde todo era guay, en color sepia, con vecinos que incluso se saludaban al coincidir en un portal (qué paradojas), los niños jugaban con bocadillos de mantequilla con azúcar y los ladrones, los bándalos y los violadores eran cosa de Portugal, o de Francia, porque aquí no había de eso. 

Vivimos sin rumbo y estamos abocados al fracaso. Sin una educación decente en la escuela y una base ética en casa, seguiremos teniendo dirigentes a los que el dinero les dará la felicidad a cambio de perder toda su vergüenza, dejando que aquellos que pueden tener una conciencia distinta se vean arrastrados hacia la muchedumbre. 

Y no les importará porque no les recordaremos.



Little sub.
(Fotografía: Polina Poludnika)

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