Aunque sea de mí mismo


Se llamaba Miedo, y se dejaba querer en lugar de enamorarse. Cuando hablaba, todo parecía de colores, pero al cerrarse la noche todos los tonos se volvían grises, y entre gris y gris se colaba el negro del abismo en el que caía irremediablemente por no poder dejar de pensar ni un rato en ella, en su caída de ojos antes de cerrar la puerta, en que hoy ya era ayer y mañana no llegaba nunca. Miedo no entendía de mañanas. En su vocabulario solo aparecía la palabra ahora, e incluso a veces esas cinco letras perdían su significado, porque hasta las promesas que un día fueron eternas se se tornan crueles y etéreas a veces, se mezclan con el aire y regresan con más fuerza al presente, lo contagian todo alrededor y huyen de la lluvia que te empapa los ojos, la única capaz de romper su naturaleza. Temporalmente.

Miedo vivía agarrada a la prisa. 

Hoy escuché a alguien decir que solamente una sola persona, si es que tienes la fortuna de encontrarla, puede darte todo aquello que esperas, todo aquello que anhelas; y que todos los demás seres que paseen por los bordes de tu vida serán palabrería, fumar cigarrillos caseros o querer que las sombras te respondan, como buscar abrigo en los soportales de Santa Ana. No supe qué responder. A veces quisiera correr y no parar nunca, porque miedo es, precisamente, esa persona. Miedo me cogería de la mano para que frenara, estoy seguro. «Ya no hace falta que te marches, aquí estoy», me diría, pero me soltaría rápido si viera que quiero seguir corriendo. Me dejaría libre, y entonces sería alguien libre, pero lastrado por la pena, y yo ya no sabría si quiero que me siga, me deje libre o me detenga, que se ponga delante y me estrelle contra sus brazos y note el calor tibio de su ropa en mi pecho y su voz en mi oído me tranquilice, me proteja. Aunque sea de mí mismo. 


Little sub.


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