Esperando



Hay días en los que tienes ideas, tienes ganas, tienes rabia, tienes uñas para arañar la mesa, tienes la cabeza a rebosar de frases, apuntas, escribes párrafos, encadenas versos con las manos frías y la mente caliente y un pequeño punto de lucidez para reconocer que la poesía puede doler, que no debes publicar lo que escribes, ni dejar libres las ganas, ni dar rienda suelta a la rabia, ni la mesa se merece tus arañazos. 

Y tienes que esperar el momento.


Little sub
(Fotografía: David Beloniel) 


Perfect sunday song, not sunday perfect song



I love you the best
Better than all the rest.
I love you the best
Better than all the rest.
That I meet in the summer.
Indian Summer.
That I meet in the summer.
Indian Summer.
I love you the best
Better than all the rest.

The Doors, Indian summer.





 Little sub 


Capítulo XI: Un par de balas






Te escuché entrar por la puerta de atrás 
De la cárcel de un recuerdo.
Te vi caminar sigilosa por el calendario 
Con los ojos abiertos como baldosas 
En mitad de un terrario.
Era noche cerrada y más que mirar, nos adivinábamos.
Al fondo dos luceros disimulaban bailar entre ellos
Y tú, sin apenas tiempo para parpadearnos, 
Ya me habías alicatado el alma como los trileros 
El bolsillo de los turistas de la calle Mayor, 
Solo que esta vez no saliste corriendo 
Al escuchar venir a los maderos.
Desde entonces empecé a creer en los milagros, 
Y ahora no hago más que disparar 
Balas a la luna para que se apague 
Y quedarme a oscuras contigo.


Little sub 
(Fotografía: Greg Kadel)


Que nos pillen



Si la justicia no nos ampara con las leyes actuales, cambiemos las leyes. Si con la legislación actual no podemos cumplir nuestro programa electoral, mintamos, desviemos la atención con la historia, ya sea Marruecos o Gibraltar, hagamos propaganda del mal trabajo de gobiernos anteriores para hacer suya nuestra incompetencia o forcemos la situación hasta que las condiciones higiénicas sean tan escasas que se invada el terreno de la salubridad ciudadana. Si nos pillan, no nos iremos hasta que no nos imputen, y si nos imputan por malversar, por mentir o por robar, no nos iremos hasta que no nos condenen. Y ya veremos si dejamos nuestro sitio a otro cuando algún juez de poca monta nos condene y quiera echarnos de nuestra silla, pues, ¿para qué está el Supremo y el Constitucional si no es para pronunciarse en favor del color político que reine si permitimos que su presidente nada menos milite en nuestro partido y no se nos llena la cara de rojeces? ¿Y el Consejo General del Poder Judicial? Take it easy, que la piel de gallina de la sociedad entera es por el frío de noviembre y no por nuestro modus operandi. Al CGPJ ahora también nos lo merendamos eligiendo uno a uno a los 12 miembros regidores con el PSOE, que sí vale para cosas como esta. Para lo demás no, pero para afianzar el bipartidismo déspota que nos interesa, sí. Solo tendremos una excepción si la iniciativa sale mal: que Estrasburgo se pronuncie. Entonces, como ya hemos hecho con el lenguaviva de Wert, corregiremos aprisa, agachando la cabeza, metiendo en la nevera al ministro en cuestión y apagando los micros por un tiempo como el que apaga un fuego. Pero nada de dimisiones, mea culpa, corregirse, dar la cara. Política al fin y al cabo, qué más dará ya, si no hemos cumplido nada de nuestro programa electoral salvo una reforma laboral injusta, ahondamos en las nuestras propias miserias, renegamos de líderes pasados sin una brújula que nos diga al menos dónde esta el norte que buscamos (no el real), nos han llamado “basura” en Bruselas por tergiversar informaciones y a nadie, nadie, nadie de nuestro partido se le ha subido por la espalda un nosequé de vergüenza, pena y asco.

Relaxing cup, señores, si tampoco es para tanto. Nuestro narcisismo es tan grande que nos desborda, y como seguimos imbuidos en la catarsis que da la mayoría absoluta agarrados a la idea de que ya vemos la luz al final del puto túnel sin quitarnos la orejera, todo lo demás es agua y aceite. Vamos, que nos resbala. Las minucias de abortos, mejoras sociales y laborales, educación o sanidad se las dejamos al Partido Socialista, que a nosotros no nos atañe. Lo que importa es que no se grabe a la Policía cuando se exceda en su deber de mantener el orden en una manifestación, en elevarlos a la categoría de víctimas, en anunciar la multa prematuramente antes que redactar la ley, en castigar al putero de acera pero no al cargo público que pide señoritas de cortesía y droga en hoteles de lujo a cargo del partido.

Que no todas las medidas tienen mala intención, pero el camino no es meter miedo, cerrar espacios, dejar desnuda a la libertad de expresión e impunes a quienes hacen de su odio parte de su trabajo. Que no todo será ahogar al contribuyente, ni al inmigrante, ni al indigente, ni al estudiante, ni al trabajador, ni al empresario, pero es que no se está cumpliendo nada de un programa electoral que se vociferó para tumbar al socialismo y entrar a la fuerza a Moncloa. Que en Estrasburgo, decir “basura” suena tan raro que quien lo pronunció siente vergüenza de sí mismo. Que en Reino Unido, los diputados renuncian a su cargo por mentir sobre una multa de tráfico y aquí en España los mismos ladrones se siguen riendo impunes a cualquier ley porque la ley es la del oeste, la del más fuerte, la del que tiene pasta y buenos abogados para salir indemne de robar millones y la que meterá en la cárcel siete años a quien ose tocar el piano en casa. La del que desprecia la música porque sus oídos no son capaces de escuchar nada más que cacareos.



Little sub

Zancadillas


Hace unos días, una chica hacía realidad su deseo de saber qué era el aire. Amaba tanto la idea de conocerlo que se convirtió en él y fue aire para siempre. Jamás volverá su sonrisa de labios tétricos. Desapareció sin una despedida, como si en el fondo, sabiendo de su recién estrenada naturaleza, creyera que volvería alguna vez. Su voz sonaba como cuando de pequeño te visitaba alguien de la capital y parecía muchísimo mayor de tanto que sabía de lo que hablaba, con tanta química y tan segura de sí misma que tú tenías que agarrarte los dedos para no tocarla y preguntarle si era real. ¿Recuerdas esas tardes con el sol siempre de cara corriendo con los zapatos desatados muertos de risa y las sombras rozándonos la cara para dejarnos mirar atrás? ¿Recuerdas cómo era volver a casa y el sabor de la tierra en los labios y los labios de tu madre al besarte una herida y las siestas a las ocho de la tarde delante de la ventana del porche en los días lluviosos de verano? Siento menos de lo que digo y digo menos de lo que pienso, pero todo se reduce en un punto, un solo punto de luz que me dice que sigo vivo aunque me pueda la vergüenza de reconocerlo. El alma solo existe en los libros de poesía. Yo creía que tenía una, y lo que tengo es una capa de cartón que solo da calor en los momentos de verdadero frío, cuando ya no queda nada y ya no hay ruido porque todos se han ido y tienes solo dos manos para recoger los pedazos que se te han caído de la herida que tienes en el pecho. No se puede entrar en la vida de nadie si te invitan a pasar con una zancadilla o el lugar que esperabas es en realidad una jaula. A menos que puedas convertirte en aire.


Little sub

 

Annie Leibovitz, princesa de Asturias


A veces lamento haber conocido las redes sociales, sobre todo cuando al cabo de un rato actualizando la pantalla para ver si se ha pasado algo, me doy cuenta que lo único que ha pasado es el tiempo. Y me da rabia, ciertamente, por la manía que tiene (el propio tiempo) de no volver, y mi afanado interés por hacer que regrese. El resultado no puede ser más que frustración por lo inexorable. El caso es que me quejo demasiado de las social media y vivo pegado a ellas, restándome tiempo para lo que verdaderamente me importa cuando entro en alguna, que no es más que ver o leer algo verdaderamente interesante. A veces encuentro perlas, no obstante, y quizá por eso vuelva a Facebook a menudo (la curiosidad no solamente mató al gato), pero normalmente me encuentro a mí mismo diciéndome "podrías terminar de leerte ya el libro que tienes aparcado, majo". 



El libro, en este caso dos libros, es Rayuela (releyéndolo porque ni con diez lecturas se agota una novela tan monstruosa) y La conjura de los necios, el cual llevo arrastrando desde un par de meses porque, en realidad, no quiero que se acabe. Me parece tan genial que una persona que no ha llegado a los treinta pueda hacer una crítica tan mordaz y tan certera del carácter universal del ser humano, que quiero leerlo despacito para ver si entre línea y línea encuentro un poco de inspiración real de verdad para algo realmente bueno.
 

No sé si lo habré escrito antes, pero nada de lo que escribo me gusta. En segundo de periodismo tuve una profesora genial que nos hundió en literatura de la buena, algunos muy a su pesar, que una vez, al preguntarle por qué, si hablaba tan, tan bien, no había escrito nunca un libro, nos contestó sosegadamente.

- Porque todo lo que quiero decir ya está escrito.

Silencio sepulcral en el aula. 


A mí me ocurre algo parecido. No creo que nada de lo que escriba esté a la altura de cosas que ya estén publicadas, y por eso tengo un blog. Por ese motivo, y por aquello que me inculcó algún profesor de ética primero y la carrera de periodismo después, hoy tengo que citar a Annie Leibovitz, flamante ganadora del premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

No voy a entrar en su vida ni en su obra. Tan solo dejaré una fotografía de moda de un icono de este arte tan comprometido y tan odiado por algunos puristas. Quien no se haya paseado por la obra de Leibovitz tiene la obligación de hacerlo, porque en moda era buena, pero en fotografía social era mejor. Ahora, a las maduras, le llega este reconocimiento. Podría haberle llegado antes, pero con la madurez no solamente se tiran mejores fotos, sino que el discurso madura, se hace sensato, libre de formalismos, y las verdades afloran. Por eso me ha sorprendido tanto la entrevista. Ya no tiene nada que ver, y habla con absoluta franqueza. Ella, que en tantos debates y tantas polémicas se ha visto metida, habla de la vida, de las personas y de la fotografía, deja a los puristas donde deben estar, y entre otras cosas dice frases como estas:


"El ojo es el centro y predomina aún. Con lo digital ya prescindes de algunos puntos que podían resultar incómodos y consigues ciertas novedades interesantes. Pero no se trata de elegir entre naranjas o manzanas, ni aliarse entre lo nuevo y lo viejo. Si observamos las fotografías de una publicación como National Geographic, vemos que se aprecian más cosas desde el cielo o se observan con más minuciosidad las profundidades del océano; todo eso se da gracias al avance de lo digital. A la larga, puede que nos haga mirar de manera diferente, pero siempre será nuestro ojo quien gobierne el proceso. Y las disquisiciones, las dudas que te imponga la mirada, solo vas a resolverlas con la mirada, independientemente de los avances técnicos".

Habla de debates, pero también de cómo una sola persona puede mover todo un mundo. Concretamente, Susan Sontag, pareja y autora de uno de los ensayos más interesantes sobre la fotografía.

"Empecé a buscar historias que me devolvieran a mi origen más comprometido y comencé a reequilibrar mis intereses. Me dirigí más a lo concreto y dejé de, digamos, rebajarme en ocasiones. Ahora ella seguiría insistiéndome: haz lo que quieras, pero, por favor, no tomes más retratos de gente tumbada en la cama. Susan fue la responsable de que sacáramos a Demi Moore en portada, embarazada"

Para más conclusiones, la entrevista completa está aquí, en este enlace. Para debatir, por aquí ando.


Little sub.

Capítulo X: No preguntes


El frío. La lluvia. El olor de tu pelo. Una pestaña en el jersey. Las dos primeras notas de tu canción. Un espejo. La cara de domingo por la noche. Los cinco minutos antes de que salgas. El crujir de unas hojas. Dos dedos acariciando un piano. Luces rojas. Un vino por abrir. Una foto velada. París en la recámara de los viajes. Un móvil que no deja de vibrar. Todas las carreteras de Madrid. Una luz a través de la persiana. Tus dedos como un salvavidas. El viento en tu pelo. El sol que se cae al oeste. El sushi, el maki y el sashimi. Un dulce bajo tu almohada. El héroe y el villano. Dos silencios. Tres vueltas a tu anillo. Una frase a medias por querer decirte tanto. Tus gafas de carey. El secreto de llevarte dentro. La voz distinta al teléfono. Mis veinticinco porqués diarios. Lo atractivo en lo difícil. La eterna duda. Tú. Yo. Tú.

Quien no construye su vida sobre sus propios errores no llegará a tener nunca la certeza de estar haciendo lo correcto. Hay días que me sueño a mí mismo juntando piezas de un destrozo rodeado de alambres con fotografías colgadas en cada uno, pero no sé para qué sirven. No alcanzo a cogerlas, y caigo hastiado de intentarlo. Hoy es uno de esos días. ¿Por qué? Estoy cansado de que siempre tenga que haber un porqué, pero ahí está, por qué, latente, esperando que levante la vista para deslumbrarme, para no dejarme dormir durante un rato, como el bis infinito de una canción que odias. Tengo que encontrar la salida. Puede que esté tan cerca que ni yo mismo la vea, o tan lejos que, inconscientemente, prefiera quedarme. Puede que la encuentre si me guías. Hay veces que te quiero tanto que ni yo mismo me soporto. Pero eso es otro tema, no preguntes por qué. Llévame a París, al puente donde nos encontraremos inconscientemente. Donde no atardece si no queremos. Donde verdaderamente empezó todo.



Little sub



Jean Mondino





Capítulo IX: Función de infinitas probabilidades


Cuando vives demasiado en la tormenta, la calma se queda pequeña para el resto de la vida, y ya no hay vuelta atrás. Lo mismo ocurre contigo. Vivirte de cerca es llegar en calesa al palacio de la Cenicienta; despedirte hasta mañana es regresar al lugar al que ya no quiero volver. Por eso a veces pienso que es terrible enloquecer tan deprisa. Los cortes rápidos son los que menos duelen pero más sangre dejan, y como no sé disimular ni tengo gasas para mi hemorragia, diré que las dos cuchillas que tienes en la boca ya me impiden caminar en línea recta, como en mi regreso nocturno por las calles de Coimbra o cuando aquel día volvimos al coche con los ojos brillantes de un vino que se transformó en el beso más grande que hasta hoy me has dado. De lado a lado, dando tumbos pero sin separarme de ti un milímetro más de lo necesario, como una constante en una ecuación matemática. Siempre ahí. Siempre pegado. Nosotros somos esa ecuación, esa  función de infinitas probabilidades pero un solo resultado aunque nos pongamos trampas, caminemos a destiempo o en la distancia, nos dejemos de querer a ratos y volvamos a a agarrarnos luego arrepentidos con carita de pena, pegándonos y comiéndonos con los ojos sin ni siquiera entender por qué lo hacemos, pues por muchas variables que existan la constante siempre será uno, que no es más que la suma de tú y yo, y el resultado por muchas diferencias que encontremos, será siempre, inapelablemente y, en cualquier caso, que te quiero.


Little sub 


Nick Knight



Erasmus demasiados para Wert


No he sido alumno Erasmus. Me hubiera gustado, sin duda, pero la Universidad que pagaban mis padres era lo suficientemente cara para que mis ganas se quedaran conmigo. Nunca me escucharon decir que me gustaba la idea de irme a otro país a terminar la carrera, probablemente, porque sé que se hubieran esforzado al máximo económicamente para darme tal regalo, y no podía consentirlo. No somos ricos, pero tampoco somos pobres. No he necesitado nunca una beca para estudiar pese a que mi universidad era bastante costosa. Simplemente, creo que estaba fuera de lugar pedir más. Pero me hubiera gustado. Creo que la beca Erasmus es un acierto pese a la imagen de año sabático que tenemos a primera vista. No vamos a negarlo: el nivel de exigencia suele ser un poco más bajo que en nuestra universidad de origen por una cuestión, a mi entender, de simpatía por parte de los países que nos acogen y de barreras idiomáticas que hacen difícil cursar una ingeniería industrial, por ejemplo, en sueco. Si aderezamos eso con la experiencia de vivir fuera de casa rodeado de personas como nosotros, nuestra condición de abanderados del botellón a nivel europeo, nuestro carácter desenfadado y la certeza de saber que, al menos, medio curso ya está prácticamente salvado, podemos llegar a pensar que la Erasmus es el trampolín de la piscina de Project X. Lo cual es, precisamente, la idea que nuestro Gobierno rancio de jersey de cachemir anudado sobre los hombros y pantalón de pinza ombliguero tiene de los jóvenes.




Creo en la beca Erasmus porque tiene cualidades inherentes a largo plazo que no vemos a simple vista. Todos los países un día emergentes que ahora son potencia han tenido su propio programa Erasmus. Dos ejemplos rápidos, o tres. O cuatro, porque hay bastantes. Japón, China, los Emiratos Árabes y Brasil. Cuatro potencias distintas cultural, política, económica y socialmente. La primera, nacida de las cenizas de la II Guerra Mundial; la segunda, fruto de un trabajo inhumano; la tercera, dueña del imperio petrolífero más rentable del planeta y, la cuarta, la última pero no por ello menos importante, a la que todo el mundo debería tener en cuenta. Todas, de una forma o de otra, han promovido la salida controlada de sus ciudadanos a otros países más fuertes, más desarrollados, mejores al fin y al cabo. Todas. Y ahora nos mojan la oreja en ámbitos que ya nos gustaría. Con la condición de regresar o no, estos emisarios han recogido conocimientos, han cosechado experiencias, han comprobado cómo otras leyes eran igual o más efectivas que las propias, han encontrado puntos de unión con otras culturas. Pero también han salido de marcha, se han divertido, han conocido gente nueva, se han emborrachado, han ligado con extranjeras. ¿O es que los japoneses, los chinos, los árabes o los brasileños son robots? Habrá chinos/japoneses/árabes/brasileños que se dediquen a estudiar y aprovechar la oportunidad al cien por cien como si fueran ermitaños. Como habrá españoles que también lo hagan. Pero lo normal es que, aparte de aprender estudiando, aprendan viviendo. 

Porque una beca como la Erasmus tiene enseñanzas que no se dan en clase, pero sirven igualmente en años posteriores. La educación no es solo sacar buenas notas; de hecho, hay cosas más importantes que un sobresaliente, aunque el Gobierno no alcance a comprenderlas. Un cateto no entenderá nunca que hacen falta semáforos si no sale nunca de su pueblo de 30 habitantes. Pero hacen falta, porque no todos vivimos en un pueblo aunque España sea el pueblo de Europa, el país de la fiesta y la corrupción, del relaxing cup of cafe con leche, por culpa de políticos que habrán aprendido, pero no han aprehendido nada, y piensan que la cultura y la educación son cosas de culturetas rojos y la poesía o la literatura meros pasatiempos para bohemios. Y no sabremos nunca el beneficio de la beca Erasmus porque todo eso que no ven es una semilla que hubiera crecido con los años, pero ahora está muerta tras la decisión de Wert de eliminar las ayudas. La educación para quien pueda pagarla, y si es en Europa, para los poquísimos que puedan costearse una universidad, una residencia, unos viajes, una vida, fuera de España. Queremos ser líderes en innovación y desarrollo recortando gasto en investigación, volver a la cumbre a base de decretazos, promover la cultura dando más dinero al presupuesto de coches oficiales que al cine, tener una generación venidera mejor sin fomentar un plan educativo a largo plazo. Y así nos irá. 

El fracaso no es no llegar a un 6,5 para optar a una beca. El fracaso es tener una carrera, dos másters, inglés B2, y no poder optar a un mísero empleo. El fracaso es recortar y recortar aportaciones autonómicas al becado, es retirar becas Séneca, es dejar a las familias sin ayudas para los libros y, con la doble moral, decir que se recortan los Erasmus para que los más pobres puedan salir del país. Fracasar es endurecer las condiciones para lograr una beca hasta hacerlas casi imposibles, es ayudar menos a la enseñanza de idiomas, a la formación de profesorado. Eso es fracasar. 

Faltan causas por las que luchar, faltan ideas, falta más razón y menos retórica, falta cultura y falta historia, y sobra tanto político de garganta vacía y cabeza hueca. Falta sentido común y, de tanto mentir, ya creemos que el limbo es el lugar donde vivimos, y desde allí, por muy cerca que se encuentre de la realidad más dura, no queremos ver que hay problemas más importantes que escaparse del Congreso para no acabar engullidos por la M-40 en la tradicional operación salida de puente. 

Pero quejas y desengaños con la clase política aparte, tengo una dicotomía. El Gobierno abrió la mano en período electoral. Qué digo, abrió los brazos y se puso de rodillas como el padre del hijo pródigo que un día abandonó su casa para irse con el zapatero. Mucha actitud condescendiente, mucha palmadita en la espalda, mucha sonrisa de triunfador, y nunca una bronca monumental por lo que sigue considerando un error histórico. Hasta que se cierra la puerta, la casa se convirtió en una cárcel sin escapatoria posible y cada viernes un viernes negro. Viernes de Decreto. Así, entre otras, llegaron la ley de reforma presupuestaria sin una reforma de las Comunidades Autónomas, copagos polémicos en Sanidad y Justicia, consentimiento obligatorio de los padres para abortar con 16 años pero no para donar un órgano y una reforma de la Educación que ahoga a los estudiantes y nos regresa a tiempos de ricos-listos, pobres-tontos. A tiempos de Bienvenido míster Marshall, porque, aquí la dicotomía, pase lo que pase, no cambiaremos nada nosotros. Los hijos pródigos no sabemos cambiar la jerarquía, no sabemos nada de derrocar al tirano, ni contamos con un apoyo desde fuera que promueva el cambio. El 15-M da risa desde que se convirtió en miles de grupos reivindicativos que ladran desde Facebook, UPyD es una marioneta que, según el maquillaje de esa mañana, el color es más azul que rojo, o viceversa, el PSOE sigue víctima de la crisis económica y de ideas hasta tiempo indefinido (por la condición de hombre indefinido en el tiempo del señor Rubalcaba) y el miedo a quedarse sin lo poquito que se tiene atenaza las manos que quieren levantar adoquines. 

Con medidas así la crisis económica durará cuatro, cinco, años más. La crisis verdadera será eterna. Y riámonos ahora de los japoneses, de los chinos, de los árabes.


Little sub
(Fotografía: Ross Macdonell)



Capítulo VIII: Antihéroe


Si pudiera elegir, elegiría no perderla. Yo no quiero volar, ni ser invisible. Todos los juegos, incluso los más emocionantes, terminan perdiendo su gracia, sobre todo cuando eres único, el mejor e infalible. Que pudiera volar o ser invisible me divertiría un mes, un año, un par de años, un poco más quizá si conoces a alguien y quieres demostrarle esa cualidad. Pero la esencia, como el mal olor, se esfuma cuando nos acostumbramos, y vuelves a ser alguien normal. Yo no quiero pasar desapercibido. Yo la elijo a ella porque sé que todo será maravilloso cuando amanezca cada día. Y no habrá final. Podré caerme, podré reír, podré gritar, caminar de espaldas, discutir, tocar mal un instrumento; podré reprocharme llegar tarde a su cita, podré volverme a casa cansado de ella o de mí o de los dos, enfadado porque vamos demasiado despacio y el tiempo se acelera de su mano. Podré dormir forzándome a pensar en algo que no sea su pelo, con los ojos apretados y las cejas fruncidas, como si aquello pudiera alejarla de mí. Qué gracia. Podrán pasar las horas, unos días quizá, pero entonces, cuando la calma reine y el polvo del fondo se asiente otra vez, solo entonces sabré que no quiero perderla. Que los superhéroes nacieron para divertir a la gente y yo solamente nací para estar con ella.


Little sub.