Erasmus demasiados para Wert


No he sido alumno Erasmus. Me hubiera gustado, sin duda, pero la Universidad que pagaban mis padres era lo suficientemente cara para que mis ganas se quedaran conmigo. Nunca me escucharon decir que me gustaba la idea de irme a otro país a terminar la carrera, probablemente, porque sé que se hubieran esforzado al máximo económicamente para darme tal regalo, y no podía consentirlo. No somos ricos, pero tampoco somos pobres. No he necesitado nunca una beca para estudiar pese a que mi universidad era bastante costosa. Simplemente, creo que estaba fuera de lugar pedir más. Pero me hubiera gustado. Creo que la beca Erasmus es un acierto pese a la imagen de año sabático que tenemos a primera vista. No vamos a negarlo: el nivel de exigencia suele ser un poco más bajo que en nuestra universidad de origen por una cuestión, a mi entender, de simpatía por parte de los países que nos acogen y de barreras idiomáticas que hacen difícil cursar una ingeniería industrial, por ejemplo, en sueco. Si aderezamos eso con la experiencia de vivir fuera de casa rodeado de personas como nosotros, nuestra condición de abanderados del botellón a nivel europeo, nuestro carácter desenfadado y la certeza de saber que, al menos, medio curso ya está prácticamente salvado, podemos llegar a pensar que la Erasmus es el trampolín de la piscina de Project X. Lo cual es, precisamente, la idea que nuestro Gobierno rancio de jersey de cachemir anudado sobre los hombros y pantalón de pinza ombliguero tiene de los jóvenes.




Creo en la beca Erasmus porque tiene cualidades inherentes a largo plazo que no vemos a simple vista. Todos los países un día emergentes que ahora son potencia han tenido su propio programa Erasmus. Dos ejemplos rápidos, o tres. O cuatro, porque hay bastantes. Japón, China, los Emiratos Árabes y Brasil. Cuatro potencias distintas cultural, política, económica y socialmente. La primera, nacida de las cenizas de la II Guerra Mundial; la segunda, fruto de un trabajo inhumano; la tercera, dueña del imperio petrolífero más rentable del planeta y, la cuarta, la última pero no por ello menos importante, a la que todo el mundo debería tener en cuenta. Todas, de una forma o de otra, han promovido la salida controlada de sus ciudadanos a otros países más fuertes, más desarrollados, mejores al fin y al cabo. Todas. Y ahora nos mojan la oreja en ámbitos que ya nos gustaría. Con la condición de regresar o no, estos emisarios han recogido conocimientos, han cosechado experiencias, han comprobado cómo otras leyes eran igual o más efectivas que las propias, han encontrado puntos de unión con otras culturas. Pero también han salido de marcha, se han divertido, han conocido gente nueva, se han emborrachado, han ligado con extranjeras. ¿O es que los japoneses, los chinos, los árabes o los brasileños son robots? Habrá chinos/japoneses/árabes/brasileños que se dediquen a estudiar y aprovechar la oportunidad al cien por cien como si fueran ermitaños. Como habrá españoles que también lo hagan. Pero lo normal es que, aparte de aprender estudiando, aprendan viviendo. 

Porque una beca como la Erasmus tiene enseñanzas que no se dan en clase, pero sirven igualmente en años posteriores. La educación no es solo sacar buenas notas; de hecho, hay cosas más importantes que un sobresaliente, aunque el Gobierno no alcance a comprenderlas. Un cateto no entenderá nunca que hacen falta semáforos si no sale nunca de su pueblo de 30 habitantes. Pero hacen falta, porque no todos vivimos en un pueblo aunque España sea el pueblo de Europa, el país de la fiesta y la corrupción, del relaxing cup of cafe con leche, por culpa de políticos que habrán aprendido, pero no han aprehendido nada, y piensan que la cultura y la educación son cosas de culturetas rojos y la poesía o la literatura meros pasatiempos para bohemios. Y no sabremos nunca el beneficio de la beca Erasmus porque todo eso que no ven es una semilla que hubiera crecido con los años, pero ahora está muerta tras la decisión de Wert de eliminar las ayudas. La educación para quien pueda pagarla, y si es en Europa, para los poquísimos que puedan costearse una universidad, una residencia, unos viajes, una vida, fuera de España. Queremos ser líderes en innovación y desarrollo recortando gasto en investigación, volver a la cumbre a base de decretazos, promover la cultura dando más dinero al presupuesto de coches oficiales que al cine, tener una generación venidera mejor sin fomentar un plan educativo a largo plazo. Y así nos irá. 

El fracaso no es no llegar a un 6,5 para optar a una beca. El fracaso es tener una carrera, dos másters, inglés B2, y no poder optar a un mísero empleo. El fracaso es recortar y recortar aportaciones autonómicas al becado, es retirar becas Séneca, es dejar a las familias sin ayudas para los libros y, con la doble moral, decir que se recortan los Erasmus para que los más pobres puedan salir del país. Fracasar es endurecer las condiciones para lograr una beca hasta hacerlas casi imposibles, es ayudar menos a la enseñanza de idiomas, a la formación de profesorado. Eso es fracasar. 

Faltan causas por las que luchar, faltan ideas, falta más razón y menos retórica, falta cultura y falta historia, y sobra tanto político de garganta vacía y cabeza hueca. Falta sentido común y, de tanto mentir, ya creemos que el limbo es el lugar donde vivimos, y desde allí, por muy cerca que se encuentre de la realidad más dura, no queremos ver que hay problemas más importantes que escaparse del Congreso para no acabar engullidos por la M-40 en la tradicional operación salida de puente. 

Pero quejas y desengaños con la clase política aparte, tengo una dicotomía. El Gobierno abrió la mano en período electoral. Qué digo, abrió los brazos y se puso de rodillas como el padre del hijo pródigo que un día abandonó su casa para irse con el zapatero. Mucha actitud condescendiente, mucha palmadita en la espalda, mucha sonrisa de triunfador, y nunca una bronca monumental por lo que sigue considerando un error histórico. Hasta que se cierra la puerta, la casa se convirtió en una cárcel sin escapatoria posible y cada viernes un viernes negro. Viernes de Decreto. Así, entre otras, llegaron la ley de reforma presupuestaria sin una reforma de las Comunidades Autónomas, copagos polémicos en Sanidad y Justicia, consentimiento obligatorio de los padres para abortar con 16 años pero no para donar un órgano y una reforma de la Educación que ahoga a los estudiantes y nos regresa a tiempos de ricos-listos, pobres-tontos. A tiempos de Bienvenido míster Marshall, porque, aquí la dicotomía, pase lo que pase, no cambiaremos nada nosotros. Los hijos pródigos no sabemos cambiar la jerarquía, no sabemos nada de derrocar al tirano, ni contamos con un apoyo desde fuera que promueva el cambio. El 15-M da risa desde que se convirtió en miles de grupos reivindicativos que ladran desde Facebook, UPyD es una marioneta que, según el maquillaje de esa mañana, el color es más azul que rojo, o viceversa, el PSOE sigue víctima de la crisis económica y de ideas hasta tiempo indefinido (por la condición de hombre indefinido en el tiempo del señor Rubalcaba) y el miedo a quedarse sin lo poquito que se tiene atenaza las manos que quieren levantar adoquines. 

Con medidas así la crisis económica durará cuatro, cinco, años más. La crisis verdadera será eterna. Y riámonos ahora de los japoneses, de los chinos, de los árabes.


Little sub
(Fotografía: Ross Macdonell)



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