Capítulo IX: Función de infinitas probabilidades


Cuando vives demasiado en la tormenta, la calma se queda pequeña para el resto de la vida, y ya no hay vuelta atrás. Lo mismo ocurre contigo. Vivirte de cerca es llegar en calesa al palacio de la Cenicienta; despedirte hasta mañana es regresar al lugar al que ya no quiero volver. Por eso a veces pienso que es terrible enloquecer tan deprisa. Los cortes rápidos son los que menos duelen pero más sangre dejan, y como no sé disimular ni tengo gasas para mi hemorragia, diré que las dos cuchillas que tienes en la boca ya me impiden caminar en línea recta, como en mi regreso nocturno por las calles de Coimbra o cuando aquel día volvimos al coche con los ojos brillantes de un vino que se transformó en el beso más grande que hasta hoy me has dado. De lado a lado, dando tumbos pero sin separarme de ti un milímetro más de lo necesario, como una constante en una ecuación matemática. Siempre ahí. Siempre pegado. Nosotros somos esa ecuación, esa  función de infinitas probabilidades pero un solo resultado aunque nos pongamos trampas, caminemos a destiempo o en la distancia, nos dejemos de querer a ratos y volvamos a a agarrarnos luego arrepentidos con carita de pena, pegándonos y comiéndonos con los ojos sin ni siquiera entender por qué lo hacemos, pues por muchas variables que existan la constante siempre será uno, que no es más que la suma de tú y yo, y el resultado por muchas diferencias que encontremos, será siempre, inapelablemente y, en cualquier caso, que te quiero.


Little sub 


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