No dar tregua al espanto
De esta guerra no se libra nadie. Y aunque haya pasado lo más duro, todavía queda lo más difícil, que no es sino recomponer las piezas rotas.
Una vez más. Confundo tanto los recuerdos, la fiesta que hacía por dentro al verte, los ratos en los que el mundo entero se resumía en ti con esta nueva realidad, que a veces parece que aún no te has marchado. Entonces todo deja de importar, y caminar es fingir que andas, reír fingir que disfrutas, y todos los abrazos son simplemente todos los abrazos que te daría ahora mismo. Porque tengo que fingir, caminar y reír para que no se me inunden los ojos. Vivir lo más rápido posible. No dar tregua al espanto. No morir como muero cada vez que tengo delante un folio en blanco.
Mis dedos no se acordaban de ti hasta que te rozaron. Entonces reconocieron todos los rincones de tu cara, y ya no hacía falta mirar. Te tengo tan dentro que podría dibujarte nítida si realmente supiera, pero tengo que conformarme con poner palabras a la sensación de contarte las pecas de la cara mientras tú me mirabas curiosa, esperando que levantara la vista y me encontrara de nuevo contigo.
Otra vez volví a abrirme la herida. Te echaba de menos.
Alguna vez dejaré de caer.
Little sub.
Es posible
Es posible desinhibirse y perder la sensación del tiempo, no saber si cuando te despiertas hace horas que ha salido el sol o te acabas de perder el amanecer por rebañar un poco de calor de la tienda antes de pisar la arena fría de la playa. Es posible también estar hirviendo por dentro y no atreverte a pisar un palmo de agua. Es posible que doscientas cervezas no sean suficientes para un día y medio, y que un día y medio no sea suficiente para tener ganas de volver. Tampoco, quizá, para escribir todo lo que encierra un fin de semana. Es posible que la marihuana te abra los pulmones y los ojos más de lo que podías pensar antes de la primera calada, incluso para ver cosas que antes no querrías. Al fin y al cabo, lo que importan son las personas con sus risas, sus manías, sus sombras y los secretos que se vuelven conversaciones con la confianza que da el alcohol y la falta de luz artificial. Es posible sentirlo por dentro y vivirlo sin fisuras, sin nada que lo maquille de felicidad fingida. Ser feliz y que algo te apriete el estómago es posible, aunque solo sean dos días.
No ha sido el mejor fin de semana de la historia, pero ha sido este fin de semana, y no hace falta más. No hay grandes palabras hoy. Las mejores sensaciones no deberían contarse con palabras, para eso ya hay muchas canciones. Deberían vivirse más por dentro, desterrando el amor propio por un rato. Por eso, solo los que allí estuvieron sabrán de qué hablo cuando digo que no hace falta mucho más que un fuego, una bombilla azul y la sensación de desconexión de todo lo que implique modernidad.
Incluso la cerveza sabía de maravilla aunque no hubiera hielo. Por eso, repetiría hoy mismo sin pensarlo, aunque sea lunes y no vaya a ser igual. Sobran los motivos cuando estás rodeado de sonrisas. Es posible.
Little sub.
El árbol que canta
Hay detalles que devuelven a veces la esperanza de que la Humanidad sigue su curso hacia delante. Después de semanas de guerra entre Israel y Palestina, discursos chabacanos queriendo conducir la opinión pública hacia un lado o a otro, de treguas que se rompen en tiempo récord, te sientas una mañana a ver qué te cuenta el mundo a través de internet y te encuentras con que los árboles también hablan. O cantan.
Quizá es el verano, que con su ropa suelta te libera también la cabeza. O quizá somos todos demasiado víctimas de las sensaciones de libertad de los anuncios de Estrella Damm, pero, aunque hable en plural, necesitamos liberarnos alguna vez del invierno que te encoge por dentro cuando hay frío y del invierno que llevamos dentro y también nos encoge. Entonces me pongo Stairway to heaven en su versión en vivo en el Madison para volver a creer que los sueños, si se persiguen, pueden alegrar el camino aunque al final no se alcancen.
Un desamor, una discusión, un suspenso, un día nublado y negro como el de hoy. Siempre hay algo o alguien dispuesto a arruinarte el día. Queremos el cielo despejado y el mar en calma porque nos hemos extasiado de películas y publicidad que nos exigen pedir lo mejor, lo imposible, cuando a veces un temporal de levante que te estrella olas de dos metros contra la costa es el mejor plan si te sientas a esperarlas con una cerveza. Aunque te mojes. Porque debes mojarte para poder disfrutarlo.
Bartholomäus Traubeck es un vienés que un día escuchó los 4m33s de silencio que John Cage compuso en 1953 y se quedó maravillado, pero a medias. La crítica lo acribilló, pero a veces hay que tener un oído distinto para salirse de lo común. Como irse a buscar temporales. Lo que Cage intentó fue extraer el sonido de los árboles. Si un trozo de vinilo podía leerse con una aguja, ¿por qué no probar con la rodaja de un tronco? Traubeck modificó el tocadiscos cambiando la aguja por una cámara que, conectada a un software, lee los anillos del tronco e interpreta su recorrido con música de piano.
La primera vez que escuchó el sonido de la madera se quedó como cuando la ola más grande se acerca, rompe, te grita, te empapa y te deja sonriendo hasta mañana.
La cámara lee un disco de tronco que gira sobre su eje y sus imperfecciones son las que hacen brotar la música. Y el resultado es tan maravilloso que incluso te da esperanza. Probablemente, si se escuchara Years (así se llama el disco) en Gaza, las bombas se callarían para que los árboles pudieran hablar y nosotros pudiéramos de una vez entender que el mundo es solo un puto-pedazo-de-tierra y hay para todos.
Little sub.
Nadie es serio a los 17 años
Nadie es serio a los 17 años.
Una hermosa tarde, harto de cervezas y de limonadas
De cafés ruidosos con lámparas brillantes
Caminas bajo los verdes tilos del paseo.
Qué bien huelen los tilos en los atardeceres de junio
El aire es tan dulce que cierra los párpados
El viento cargado de ruidos — la ciudad no está lejos —
Tiene perfumes de vid y perfumes de cerveza.
De pronto divisas un trapo muy pequeño,
De azul sombrío, ceñido por una rama diminuta
Picado por una mala estrella, que se funde
Con suaves estremecimientos, pequeña y muy blanca…
Noche de junio, 17 años, te dejas embriagar
La savia es champagne que se sube a la cabeza
Se divaga, se siente un beso en los labios
Que palpita, como un animalito.
El corazón loco Robinsonea entre novelas
Cuando a la luz de una farola
Muy pálida pasa una dama de aspecto encantador
a la sombra del espantoso cuello postizo de su padre.
Y como te encuentra inmensamente ingenuo
Se vuelve, apresura el trote de sus pequeños botines
Alerta, y con movimiento vivaz…
Sobre tus labios mueren las cavatinas.
Estás enamorado: ocupado hasta el mes de agosto
Estás enamorado: tus sonetos la hacen reír
Tus amigos te rehúyen: eres de mal gusto
Después la adorada, una tarde, se digna a escribirte.
Esa tarde vuelves a los cafés deslumbrantes
Pides cerveza, o limonada
Nadie es serio a los 17 años
Cuando hay tilos verdes en el paseo.
Arthur Rimbaud
Solo para el recuerdo
Solo necesitaba revivir Madrid por dentro para deshacerme de ti. Evocarla de nuevo, enamorarme a conciencia de la capital del mundo entero, con su prisa y su acento repudiado, su hortera, su silencio en mitad del griterío, su afilada indiferencia y sus aceras, partidas a taconazos por mujeres increíbles que no volverán a pisar esas baldosas. Necesitaba abstraerme, Robinsonear como Rimbaud y volver bajo los tilos para sentirme anónimo, sonriendo porque sí. Madrid, su caña bien tirada y la promesa de que volveré para quedarme y conquistarla de nuevo bajando de la mano de san Pablo por su corredera. Una y otra vez, nueva y reluciente como el primer día pero con todos los planes que traía hasta ahora rotos por un adiós que aún no he pronunciado, pero es más que evidente. Te caíste, y no te importó. Jamás luchaste, pero son cosas que solo ahora contemplo, y como una mancha en un cristal que ya no puedes dejar de mirar, te quedarás ahí hasta que la vista se acostumbre y desaparezcas, como desapareciste una noche de mentiras a distancia y palabras para el recuerdo. Solo para el recuerdo.
No era sano pensarte tanto, soñarte tanto, imaginarte tanto en todas las ciudades. Menos, en Madrid. Encontrarte en las caras de otra gente. De esto hace ya un par de años, y sin embargo anoche volví a soñar contigo, y esta vez sí parecías quererme. Mi niño, dijiste únicamente, muy cerca, casi rozándome con la punta de la nariz, y eran tus palabras tan raras que no parecían tuyas. Esas palabras no forman parte de tu lenguaje. Pero empezabas a sonreír y aquella sí era la sonrisa de niña pequeña con la que no puedes disimular tu enfado fingido; entonces desperté, y me atacó la duda por un instante de si había sido real. Ya ves, hacía semanas que no te cruzabas y ahora, sin saber por qué, te has venido de la mano de un sueño que me da la bienvenida a la pena de no verte medio escondida entre las sábanas y el pelo enmarañado de tanto acariciártelo para dormirte.
Solo espero que sea la última. Que despierte otra mañana sin encontrarte y no duela, o reviva un sueño sin remedio (maldito inconsciente) y te quedes agarrada a mi espalda un par de horas más, dejándome desnudo de alma para abajo. Porque este querer a medias, este llorar a ratos, es lo que mata despacio, como una gota malaya. Así que volveré a la ciudad que nunca debí abandonar, esa que añoro tanto y que siempre te espera mirando desde las cornisas de Gran Vía a quienes andan perdidos buscando respuestas, o buscando respuestas para perderse definitivamente. Casi me engañas. Casi te creo. Serás su última víctima, y ya no volverá tu gracia caminando, tu pasar desapercibida o mi cara de tonto al ver tu saludo en el teléfono y sentirme incapaz de sacarte un tema interesante. Yo, pese a todo, aún no he aprendido a borrarte.
Mientras tanto, dueles. Dueles con la inocencia del que aprieta sin saber que hace daño.
Little Sub
Fotografía: Peter Lindbergh
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