Hay detalles que devuelven a veces la esperanza de que la Humanidad sigue su curso hacia delante. Después de semanas de guerra entre Israel y Palestina, discursos chabacanos queriendo conducir la opinión pública hacia un lado o a otro, de treguas que se rompen en tiempo récord, te sientas una mañana a ver qué te cuenta el mundo a través de internet y te encuentras con que los árboles también hablan. O cantan.
Quizá es el verano, que con su ropa suelta te libera también la cabeza. O quizá somos todos demasiado víctimas de las sensaciones de libertad de los anuncios de Estrella Damm, pero, aunque hable en plural, necesitamos liberarnos alguna vez del invierno que te encoge por dentro cuando hay frío y del invierno que llevamos dentro y también nos encoge. Entonces me pongo Stairway to heaven en su versión en vivo en el Madison para volver a creer que los sueños, si se persiguen, pueden alegrar el camino aunque al final no se alcancen.
Un desamor, una discusión, un suspenso, un día nublado y negro como el de hoy. Siempre hay algo o alguien dispuesto a arruinarte el día. Queremos el cielo despejado y el mar en calma porque nos hemos extasiado de películas y publicidad que nos exigen pedir lo mejor, lo imposible, cuando a veces un temporal de levante que te estrella olas de dos metros contra la costa es el mejor plan si te sientas a esperarlas con una cerveza. Aunque te mojes. Porque debes mojarte para poder disfrutarlo.
Bartholomäus Traubeck es un vienés que un día escuchó los 4m33s de silencio que John Cage compuso en 1953 y se quedó maravillado, pero a medias. La crítica lo acribilló, pero a veces hay que tener un oído distinto para salirse de lo común. Como irse a buscar temporales. Lo que Cage intentó fue extraer el sonido de los árboles. Si un trozo de vinilo podía leerse con una aguja, ¿por qué no probar con la rodaja de un tronco? Traubeck modificó el tocadiscos cambiando la aguja por una cámara que, conectada a un software, lee los anillos del tronco e interpreta su recorrido con música de piano.
La primera vez que escuchó el sonido de la madera se quedó como cuando la ola más grande se acerca, rompe, te grita, te empapa y te deja sonriendo hasta mañana.
La cámara lee un disco de tronco que gira sobre su eje y sus imperfecciones son las que hacen brotar la música. Y el resultado es tan maravilloso que incluso te da esperanza. Probablemente, si se escuchara Years (así se llama el disco) en Gaza, las bombas se callarían para que los árboles pudieran hablar y nosotros pudiéramos de una vez entender que el mundo es solo un puto-pedazo-de-tierra y hay para todos.
Little sub.
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