Solo para el recuerdo
Solo necesitaba revivir Madrid por dentro para deshacerme de ti. Evocarla de nuevo, enamorarme a conciencia de la capital del mundo entero, con su prisa y su acento repudiado, su hortera, su silencio en mitad del griterío, su afilada indiferencia y sus aceras, partidas a taconazos por mujeres increíbles que no volverán a pisar esas baldosas. Necesitaba abstraerme, Robinsonear como Rimbaud y volver bajo los tilos para sentirme anónimo, sonriendo porque sí. Madrid, su caña bien tirada y la promesa de que volveré para quedarme y conquistarla de nuevo bajando de la mano de san Pablo por su corredera. Una y otra vez, nueva y reluciente como el primer día pero con todos los planes que traía hasta ahora rotos por un adiós que aún no he pronunciado, pero es más que evidente. Te caíste, y no te importó. Jamás luchaste, pero son cosas que solo ahora contemplo, y como una mancha en un cristal que ya no puedes dejar de mirar, te quedarás ahí hasta que la vista se acostumbre y desaparezcas, como desapareciste una noche de mentiras a distancia y palabras para el recuerdo. Solo para el recuerdo.
No era sano pensarte tanto, soñarte tanto, imaginarte tanto en todas las ciudades. Menos, en Madrid. Encontrarte en las caras de otra gente. De esto hace ya un par de años, y sin embargo anoche volví a soñar contigo, y esta vez sí parecías quererme. Mi niño, dijiste únicamente, muy cerca, casi rozándome con la punta de la nariz, y eran tus palabras tan raras que no parecían tuyas. Esas palabras no forman parte de tu lenguaje. Pero empezabas a sonreír y aquella sí era la sonrisa de niña pequeña con la que no puedes disimular tu enfado fingido; entonces desperté, y me atacó la duda por un instante de si había sido real. Ya ves, hacía semanas que no te cruzabas y ahora, sin saber por qué, te has venido de la mano de un sueño que me da la bienvenida a la pena de no verte medio escondida entre las sábanas y el pelo enmarañado de tanto acariciártelo para dormirte.
Solo espero que sea la última. Que despierte otra mañana sin encontrarte y no duela, o reviva un sueño sin remedio (maldito inconsciente) y te quedes agarrada a mi espalda un par de horas más, dejándome desnudo de alma para abajo. Porque este querer a medias, este llorar a ratos, es lo que mata despacio, como una gota malaya. Así que volveré a la ciudad que nunca debí abandonar, esa que añoro tanto y que siempre te espera mirando desde las cornisas de Gran Vía a quienes andan perdidos buscando respuestas, o buscando respuestas para perderse definitivamente. Casi me engañas. Casi te creo. Serás su última víctima, y ya no volverá tu gracia caminando, tu pasar desapercibida o mi cara de tonto al ver tu saludo en el teléfono y sentirme incapaz de sacarte un tema interesante. Yo, pese a todo, aún no he aprendido a borrarte.
Mientras tanto, dueles. Dueles con la inocencia del que aprieta sin saber que hace daño.
Little Sub
Fotografía: Peter Lindbergh
Suscribirse a:
Enviar comentarios
(
Atom
)

No hay comentarios :
Publicar un comentario