Vivir para contarlo



Crecí odiando los cuentos porque el orgullo infantil me aguijoneaba y veía en las novelas una parte de la madurez sosegada del adulto. Sencillamente, creía que en seiscientas páginas encontraría la seriedad que buscaba, aunque fuera por repetición. Y no es que ahora ame los cuentos con devoción. Nunca me contaron cuentos y perdono a mis padres por ello. Aprendía de otra manera: mirando, leyendo, escuchando, escribiendo, y los cuentos nunca estuvieron presentes. Tampoco creo que sirvieran. Cada libro, cada canción, está escrito o compuesta para un momento determinado, y puede ser que ese momento haya pasado, se esté viviendo ahora o aún esté por llegar. Me explico: empecé leyendo cómics, algo totalmente respetable. Hay adultos que ahora no leen más que ese género. No culpo a nadie, pero sé que para mí ha sido una etapa que ya no volverá. Es pasado. También hay canciones, novelas o poemarios que conviertes en libros de cabecera porque parecen una descripción gráfica de tu vida, pero es tu vida en ese preciso momento. Ni antes, ni después. Y por eso crees que el resto del mundo debería leer o escuchar lo que lees y escuchas. Es tu vida en este instante. Ahora. Puro presente. También hay libros que quiero leer, pero no empezar ahora. Y no por falta de ganas. Probablemente pareceré pedante, y puede que en unos años me maldiga a mí mismo por haber desperdiciado el tiempo sin leerlos. Podrías haber aprendido entonces, tonto, me diré. Y pondré cara de tonto, pero de futuro tonto adulto. Alicia en el país de las Maravillas o El Quijote, por ejemplo, son algunos de esos libros pendientes porque requieren que vivas tus propias aventuras personales antes de destaparlo. Es lo que tienen las obras de arte. Sin no vives lo suficiente, puede que veas solo un caballero loco y un campesino buscando aventuras en lugar de un mapa de aristas genial que representa, solamente, la vida. Toda la vida de todos los hombres. Así de sencillo. Así de difícil.




Pero lo que realmente me hace escribir esto es la vuelta al origen, querer otra vez lo que no tenemos. Ahora que empieza a alcanzarte la madurez, que conoces más o menos algunos resortes, sabes qué teclas tocar y qué puertas tienes que dejar cerradas, que hay palabras e incluso entonaciones que duelen más que un navajazo, que no hace falta beber (tanto) para divertirse, que te quedas callado cuando doblas una esquina y te encuentras una catedral, que besar es más que juntar los labios y que hay que juntar los labios más a menudo para no decir ciertas cosas, o que una conversación entre dos vinos puede ser un parque de atracciones privado. Ahora que ocurre todo eso y más, creo que deberíamos contarnos más cuentos, soñar más, y hacerlo, si es posible, despiertos.

Porque después de saber cómo camina el mundo, lo que se echa de menos a veces es hacerse pequeño y caber en una madriguera, tener más tiempo para leer y vivir aventuras con extraños, confiar en la incoherencia, caminar al revés y conocer a más sombrereros y sanchos que sepan rescatarnos cuando el tiempo se detenga y nos quedemos en mitad del camino a ciegas. Cambiar con un chasquido el último año de mi vida por volver a tu cuarto diez minutos más, posponer el adiós contando de nuevo los segundos, creyendo que la grúa se llevaría mi coche, maldiciendo mi afición por tentar a los municipales, y correr bajo la lluvia, fugarnos más de la cuenta, sin notas en la nevera y relojes que no cambien su curso. Cambiarlo todo, risas, llantos, éxitos y fracasos, enfados, reconciliaciones, conversaciones a oscuras, los libros leídos y los que faltan, besos de otras bocas, los viajes soñados, los que aún quedan pendientes y los espejos para mirar a través de ellos y encontrarte sonriendo al otro lado como solo tú sabes hacerlo.



Little sub
(Fotografía: Annie Leibovitz)

Decálogo de conclusiones post 25-M



  • Los partidos minoritarios ya no son productos televisivos de pancartas. Hay que tenerlos en cuenta. La forma de hacer política está cambiando.
  • La falta de autocrítica en los discursos postelectorales son una muestra más de lo lejos que está la política del ciudadano.
  • La cobardía de Rubalcaba y Rajoy al no acompañar a sus candidatos es lamentable. Cualquier dimisión llega tarde, aunque todavía sirve.
  • La respuesta del ciudadano es pacífica, en silencio y más contundente que las pelotas antidisturbios. Limitar la libertad de expresión con leyes anti manifestaciones pasan factura. Son un paso atrás al que nadie quiere volver.
  • La juventud tiene que tomar el relevo y pedirlo a la fuerza. Susana Díaz es el ejemplo más claro en el PSOE.
  • Las redes sociales han demostrado que son el arma más eficaz contra la Administración opaca del Gobierno. A falta de jueces, buenos son votos para acabar con el bipartidismo. El bombardeo de escándalos y corrupción en internet ya no queda impune.
  • El bipartidismo crea rechazo y se convierte en nacionalismo en Cataluña y País Vasco. Y damos gracias de no tener partidos tan radicales como en Francia.
  • Las leyes homófobas y racistas son para otros países, no para España. Vox no representa nada.
  • La falta de actitud para resolver problemas es tan patente que ha cansado al más escéptico. Cualquier mensaje de victoria es una parodia.
  • Echar las campanas al vuelo puede ser un error para los grupos minoritarios. Se ha votado con rabia y hartazgo, y Podemos en solo cuatro meses ha sido el hombro donde han llorado muchos, pero tiene que afianzar sus posturas y demostrar que no son fruto de la euforia, viene para quedarse y no ser una bisagra temporal.


Little sub.

Pura desobediencia



No sabía dónde mirar. Te veía allí, con las piernas cruzadas y el gesto indolente en la cara, la cabeza apoyada en la puerta, mirándote las puntas del pelo, que recogías en una trenza y doblabas haciendo ondas  con la punta de los dedos. Cuánto te había crecido desde la última vez, recuerdo que me dije. Era imprudente quedarme allí, pero apenas podía levantar los pies del suelo. Tampoco sabía qué música sonaba en tus oídos. A veces cerrabas los ojos un tiempo que era un poco más largo que un parpadeo, e imaginaba un pedazo de canción desvaneciéndose, languideciendo a Fromm, al que leías con los labios para no perder la concentración. Yo también he leído ese libro: la paradoja de la libertad siendo libre y preso al mismo tiempo. 

Allí terminaba todo, te quise como nunca he conseguido hacerlo, y ahora no sé por dónde empezar.





 

Me maravilla que la memoria escoja un trozo de vida vivida o no, lo aísle, lo haga inalterable al paso del tiempo e invisible a los demás y lo almacene para siempre, hermético, con todos sus matices pero a la vista, a mano para recuperarlo con el primer vistazo a la memoria y recrearte de nuevo con ellos.

No siempre consigo retener lo más importante. Te sigo viendo a pedazos, la trenza cayéndote sobre el hombro izquierdo, los párpados cerrados, los labios rozándose canturreando y la pose de femme fatal cínica, con el cansancio justo en las manos, las piernas plegadas y el lomo del libro apoyado en tu rodilla, pero no consigo ver tu cara aunque sepa que eres tú, porque levantaste la vista, y nadie me ha mirado así desde entonces.


Tampoco guardo siempre lo que quiero, y de los cinco sentidos, cuando trato de evocar algo, me fallan siempre el gusto y el olfato. Intento retrotraerme para recordar un olor y lo más que consigo es revivir en vano el ambiente, pero no me importa. No es tu perfume lo que más me enganchó de ti.


Quería escribirte algo distinto, pero a veces te persiguen estos recuerdos como bucles y no puedes luchar contra ellos. Sin cesar y sin omitir un solo detalle. Es inefable revivir esa sensación. Quería que lo supieras.


Pura desobediencia la de esta memoria encaprichada de ti.


No sabía dónde mirar, y en el fondo deseaba que no lo hicieras. Era un sueño, apenas veinte segundos, y yo, que no quería ni hablar, solo deseaba ser tu música. Estabas allí sentada, terriblemente radiante y ese momento era mío, y tú también me pertenecías, aunque en realidad no me pertenece nada más que ese momento que ahora tengo guardado para siempre. O es él quien me tiene a mí. Como en tu libro, en el que el hombre cree ser libre sin saber que no es más que el esclavo de tanta libertad fingida.



Little Sub
(Fotografía: Patrick Demarchelier)


El intelectual




Si viviera en Reino Unido, antes de acabar este escrito seguramente tendría que borrarlo y rectificar. Allí las palabras de un cargo público como un candidato político son un asunto serio, un acto de responsabilidad, y como tal el propio político sabe las consecuencias que puede tener todo lo que dice a micrófono abierto (incluso a cerrado también). Si suena a anhelo de lo anglosajón, quizá lo tiene. Porque vivimos en España, y aquí las palabras de un político nunca son de su responsabilidad a menos que el titular sea enaltecedor, pues hace mucho tiempo que los políticos dejaron de ser responsables y serios dentro y fuera de sus comparecencias.

Si viviera en el Reino Unido, un país algo más sensibilizado con palabras como democracia, honor, integridad pública, e incluso vergüenza, sonrojo o fraude, probablemente este artículo se quedaría antiguo dentro de media hora: el político habría pedido perdón, el grupo político se habría deslindado de sus declaraciones y su cargo estaría ya a disposición del partido. Aquí en España han pasado casi cuarenta años de libertades, pero la savia nueva no llega nunca, y si llega, se queda a la cola, que aquí la antigüedad es un grado, oiga, y mucho ha costado engordar a aquellos que, en su día jóvenes, se abrieron paso a codazos entre la naftalina para sacar adelante el nuevo proyecto. Y, por todo eso, se permite todo. Todo. El problema no es Cañete, si bien hoy es se lleva crítica. No lo son tampoco ninguna de las mujeres que hoy se han sentido vejadas por sus palabras. Cañete es la consecuencia de algo que queda ya tan lejos que hacer un ejercicio de reminiscencia para saber qué es provoca hastío. Y tiene que ver con los mismos valores que hacen grandes a los ingleses.

Aquí el problema es que el I+D huyó hace tiempo, el I+D+I causa risa y el nivel de autoexigencia propia y ajena vive el momento más laxo de la democracia. El problema es la lenguaviva de algunos, su falta de honestidad, de integridad, de compromiso público y propio con su cargo, es saber dónde está el límite y hacernos los ciegos, es el silencio cómplice de quienes nos acompañan en nuestras fechorías y la defensa a ultranza, como hooligans intolerantes de derecha, centro o izquierda simplemente por estar bajo un paraguas de un color determinado. Es no saber dónde está nuestro final político, ni saber legislar para que exista un final aunque nos veamos con fuerzas para seguir. Es no haber aprendido de los errores propios ni haber comprendido los ajenos para no caer en ellos.

¿Pretende discutir la habilidad de la mujer para debatir con un hombre de su calado? ¿Es más inteligente rebajarse al supuesto nivel de su rival que dar luz a sus virtudes? ¿Sabe que, aparte de en su partido, hay mujeres en Europa con las que tendría que debatir? ¿Se sacrificará en cada pleno para evitar dar una sensación machista?

Da risa escribir todo esto. Pero, ¿de verdad se piensa superior intelectualmente este señor para tratar como a una niña a Elena Valenciano y a cualquier mujer? ¿Se ve lo suficientemente preparado para enfrentarse a una mujer? Porque, sinceramente, lo que yo vi anoche fue una persona nerviosa, perdida y sin programa, con las comisuras llenas de baba intentando avivar el debate de "Zapatero, culpable" sin propuestas fijas. Anacrónico, como todo lo que existe en España.


Da pena también. Mucha. Seguimos a la cola y la previsión es mantenerse aquí mucho tiempo.


Aunque hay cosas peores: Vivimos en España, y no en Reino Unido. Por eso, Cañete todavía sigue en su cargo.


Chapeau, al menos hoy, por Elena Valenciano. Cuanto menos, elegante en su respuesta. 



Little sub

 

Disonancia cognitiva







Al origen lo llamamos disonancia cognitiva
Los enamoramientos duraban solo un rato
El tiempo de vestirse y cambiar de bando
Lo que tardas en ser otra vez la fugitiva.

Las sombras son paisajes decadentes
De piel muerta, arrancada a tiras
El universo se hace grande si lo miras
Con la idea de comértelo lentamente.

No esperes nada después de las doce,
Conocí el fuego al incendiar tu espalda,
Y lo peor no fue quemarse, sino el roce

De bajar del quinto piso que es tu falda.
Es odiar como te odia el que conoce
Qué es vivir siempre colgado de guirnaldas.



Little Sub
(Fotografía: Lars Botten)