El intelectual




Si viviera en Reino Unido, antes de acabar este escrito seguramente tendría que borrarlo y rectificar. Allí las palabras de un cargo público como un candidato político son un asunto serio, un acto de responsabilidad, y como tal el propio político sabe las consecuencias que puede tener todo lo que dice a micrófono abierto (incluso a cerrado también). Si suena a anhelo de lo anglosajón, quizá lo tiene. Porque vivimos en España, y aquí las palabras de un político nunca son de su responsabilidad a menos que el titular sea enaltecedor, pues hace mucho tiempo que los políticos dejaron de ser responsables y serios dentro y fuera de sus comparecencias.

Si viviera en el Reino Unido, un país algo más sensibilizado con palabras como democracia, honor, integridad pública, e incluso vergüenza, sonrojo o fraude, probablemente este artículo se quedaría antiguo dentro de media hora: el político habría pedido perdón, el grupo político se habría deslindado de sus declaraciones y su cargo estaría ya a disposición del partido. Aquí en España han pasado casi cuarenta años de libertades, pero la savia nueva no llega nunca, y si llega, se queda a la cola, que aquí la antigüedad es un grado, oiga, y mucho ha costado engordar a aquellos que, en su día jóvenes, se abrieron paso a codazos entre la naftalina para sacar adelante el nuevo proyecto. Y, por todo eso, se permite todo. Todo. El problema no es Cañete, si bien hoy es se lleva crítica. No lo son tampoco ninguna de las mujeres que hoy se han sentido vejadas por sus palabras. Cañete es la consecuencia de algo que queda ya tan lejos que hacer un ejercicio de reminiscencia para saber qué es provoca hastío. Y tiene que ver con los mismos valores que hacen grandes a los ingleses.

Aquí el problema es que el I+D huyó hace tiempo, el I+D+I causa risa y el nivel de autoexigencia propia y ajena vive el momento más laxo de la democracia. El problema es la lenguaviva de algunos, su falta de honestidad, de integridad, de compromiso público y propio con su cargo, es saber dónde está el límite y hacernos los ciegos, es el silencio cómplice de quienes nos acompañan en nuestras fechorías y la defensa a ultranza, como hooligans intolerantes de derecha, centro o izquierda simplemente por estar bajo un paraguas de un color determinado. Es no saber dónde está nuestro final político, ni saber legislar para que exista un final aunque nos veamos con fuerzas para seguir. Es no haber aprendido de los errores propios ni haber comprendido los ajenos para no caer en ellos.

¿Pretende discutir la habilidad de la mujer para debatir con un hombre de su calado? ¿Es más inteligente rebajarse al supuesto nivel de su rival que dar luz a sus virtudes? ¿Sabe que, aparte de en su partido, hay mujeres en Europa con las que tendría que debatir? ¿Se sacrificará en cada pleno para evitar dar una sensación machista?

Da risa escribir todo esto. Pero, ¿de verdad se piensa superior intelectualmente este señor para tratar como a una niña a Elena Valenciano y a cualquier mujer? ¿Se ve lo suficientemente preparado para enfrentarse a una mujer? Porque, sinceramente, lo que yo vi anoche fue una persona nerviosa, perdida y sin programa, con las comisuras llenas de baba intentando avivar el debate de "Zapatero, culpable" sin propuestas fijas. Anacrónico, como todo lo que existe en España.


Da pena también. Mucha. Seguimos a la cola y la previsión es mantenerse aquí mucho tiempo.


Aunque hay cosas peores: Vivimos en España, y no en Reino Unido. Por eso, Cañete todavía sigue en su cargo.


Chapeau, al menos hoy, por Elena Valenciano. Cuanto menos, elegante en su respuesta. 



Little sub

 

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