Pura desobediencia



No sabía dónde mirar. Te veía allí, con las piernas cruzadas y el gesto indolente en la cara, la cabeza apoyada en la puerta, mirándote las puntas del pelo, que recogías en una trenza y doblabas haciendo ondas  con la punta de los dedos. Cuánto te había crecido desde la última vez, recuerdo que me dije. Era imprudente quedarme allí, pero apenas podía levantar los pies del suelo. Tampoco sabía qué música sonaba en tus oídos. A veces cerrabas los ojos un tiempo que era un poco más largo que un parpadeo, e imaginaba un pedazo de canción desvaneciéndose, languideciendo a Fromm, al que leías con los labios para no perder la concentración. Yo también he leído ese libro: la paradoja de la libertad siendo libre y preso al mismo tiempo. 

Allí terminaba todo, te quise como nunca he conseguido hacerlo, y ahora no sé por dónde empezar.





 

Me maravilla que la memoria escoja un trozo de vida vivida o no, lo aísle, lo haga inalterable al paso del tiempo e invisible a los demás y lo almacene para siempre, hermético, con todos sus matices pero a la vista, a mano para recuperarlo con el primer vistazo a la memoria y recrearte de nuevo con ellos.

No siempre consigo retener lo más importante. Te sigo viendo a pedazos, la trenza cayéndote sobre el hombro izquierdo, los párpados cerrados, los labios rozándose canturreando y la pose de femme fatal cínica, con el cansancio justo en las manos, las piernas plegadas y el lomo del libro apoyado en tu rodilla, pero no consigo ver tu cara aunque sepa que eres tú, porque levantaste la vista, y nadie me ha mirado así desde entonces.


Tampoco guardo siempre lo que quiero, y de los cinco sentidos, cuando trato de evocar algo, me fallan siempre el gusto y el olfato. Intento retrotraerme para recordar un olor y lo más que consigo es revivir en vano el ambiente, pero no me importa. No es tu perfume lo que más me enganchó de ti.


Quería escribirte algo distinto, pero a veces te persiguen estos recuerdos como bucles y no puedes luchar contra ellos. Sin cesar y sin omitir un solo detalle. Es inefable revivir esa sensación. Quería que lo supieras.


Pura desobediencia la de esta memoria encaprichada de ti.


No sabía dónde mirar, y en el fondo deseaba que no lo hicieras. Era un sueño, apenas veinte segundos, y yo, que no quería ni hablar, solo deseaba ser tu música. Estabas allí sentada, terriblemente radiante y ese momento era mío, y tú también me pertenecías, aunque en realidad no me pertenece nada más que ese momento que ahora tengo guardado para siempre. O es él quien me tiene a mí. Como en tu libro, en el que el hombre cree ser libre sin saber que no es más que el esclavo de tanta libertad fingida.



Little Sub
(Fotografía: Patrick Demarchelier)


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