Masoquismo



Soy masoquista. Al menos, inconscientemente. Pero podría ser peor. Podría serlo y que no pasara nada más, que siguiera respirando con la certeza de serlo y la impotencia de ver que todo se canaliza hacia un vacío. Conociéndome, de darme cuenta, me exasperaría tanto que, probablemente, implosionaría. Pero soy masoquista de una manera rentable. Nada, o poco de lo todo que he escrito hasta hoy, viene de recuerdos felices, pero hace tiempo que dejé de lamentarme de pasados que no merecieron la pena. Supongo que cada persona tiene su modus operandi, que cada vida tiene una armonía por dentro que se mueve por dentro si se accionan ciertos botones. También estoy seguro de que la vista es el peor de los sentidos y que la personalidad se forja más por el oído y por el tacto que por el gusto o lo que nos dejan ver los ojos. Algunos lo llaman alma, pero la filosofía sería una doctrina si no fuera relativa, y en cambio los recuerdos y los sonidos y los sentimientos son algo universal, categóricos. Así que, en parte, estoy orgulloso de tener una personalidad que tienda hacia lo destructivo. Lo admito, y desconfío de quienes huyen de la pena por el simple hecho de ser negativa cuando en realidad sienten vértigo de remar contracorriente.



Pero a veces la pena se desliza sigilosa y te golpea la cara, y acaso entonces te gustaría que se fuera, porque en realidad nadie la quiere si no puede controlarla, si no consigue adivinar cuál será su próximo movimiento. Tú bailabas bajo la lluvia y yo no podía dar dos pasos para protegerte, o para dejarte mi chaqueta y no pisaras así los charcos, como en una película de cine clásico en las que ese tipo de detalles transmitían más nostalgia que guiones enteros de hoy en día. Y las luces eran tenues, como ahora las ganas de volver a verte. Nunca es tarde para empezar de nuevo, pero empezar nunca fue lo mismo que huir, y nos pasamos la vida huyendo de estaciones donde jamás nos esperó nadie, tragando veneno y buscando el antídoto en otras bocas para saciar una sed que va a seguir matándonos aunque no dejemos de beber. 

Debería dejar de leer a ciertos poetas. Me mimetizo demasiado rápido con la añoranza ajena y la libertad que puede llegar a esconderse entre los versos de un soneto, y suelo acabar en ruinas, y hay veces que en una sola noche pasan veinte años y cuando despiertas estás tan solo que lloras y no puedes levantarte porque las lágrimas te han oxidado los huesos. Pero no duele. Hoy la pena es manejable porque casi escucho tu voz, y tus palabras son de seda sobre cicatrices. Es lo bueno de estar roto: que hasta los daños colaterales de otros son capaces de salvarte el día.


Little sub.
(Fotografía: Txema Yeste)


Libres (?)



Como si solamente fuésemos libres de la mano izquierda, o ciegos ante cosas que ni siquiera sobrepasan el umbral de nuestro espectro visible. Una puerta abierta pero cerrojo de cadena. Un par de alas rotas en los hombros. Una melodía que se quiebra al llegar al último verso. Escribir como forma de liberarse y odiar hacerlo por la obligación de limitarlo a un espacio blanco que parece infinito y sin embargo tiene marcado un final invisible. Como crecer por dentro. Como los sentidos, que no dejan sentir a veces, o las metáforas, tantas veces innecesarias. Como quedarse mirando por la ventana mientras el resto de niños pega patadas a un balón en el jardín. No hallar sosiego en ningún libro, en ninguna conversación, porque la clave esté más allá, mucho más, donde solo puede verse pero no tocar. Rey Sol, dime cómo arder.








Granada se encargó de recordarme en buena compañía que debería romper más moldes, no mirar a los lados y hacerlo más adentro, perder más tiempo, probar vinos nuevos, encontrar otros significados al conjunto de cosas que rodean cada vida que pasea apretada por el frío que baja de la sierra. Todo lo contrario de lo que vengo haciendo, en parte por mi culpa, en parte por la necesidad adquirida de buscar la perfección en todo y no saber apreciar que las líneas torcidas también tienen su belleza si las miras desde otro ángulo.
 

No reconocí alguna de sus calles
Y el veneno pesa más que la cabeza.
Aquel día bebimos demasiado,
De su boca salió música nublada.
Cortázar adquiría nuevos significados,
Si acaso nuevas percepciones.

La tristeza vino después como una revelación. Nacemos vacíos para llenarnos y sin límites para conocerlo todo, pero en lugar de aprovechar y desbordarnos, nos ponemos estacas para limitarnos. Nos enseñan a elegir nuestra vida, pero no nos dicen que lo que queremos está dentro de un escaparate, inalcanzable, hasta que es demasiado tarde, hasta que ya hemos inculcado la estúpida idea de que no se puede tener todo, porque todo tiene un límite. ¿Lo tiene realmente? ¿o somos de mentira? Nadie quiso que nos perdiéramos tantas cosas. Somos el invento de alguien imperfecto, libres sin más libertad que la impuesta por gente que un día no quiso serlo, que prefirió vivir detrás del cristal para no mojarse por miedo a encontrar un camino más allá de la obviedad. Nos imponen la necesidad de ser valientes para resolver un juego que no tiene solución, y nos dejan solos en un standby de calma hasta la siguiente fase, como una prueba de esfuerzo en un laberinto que no tiene puertas para salir. Minotauros esclavizados que no consiguen escuchar la música que suena por detrás de las paredes de cristal.

Nos toca reinventarnos. Otra vez. Encontrar colores más allá de nuestro lambda. Disparar más balas. No decirlo todo. Escribir más garabatos. Inventar palabras como en Rayuela (no dejará de perseguirme nunca) para crearnos un lenguaje capaz de evadirnos y romper fronteras. Quizá la solución se encuentre en canciones como esta, y solo podamos salvarnos con palabras que no existen. 



Little sub


Magia



Le gustaba la magia, y dedicó gran parte de su vida a crear ilusiones. Ideó tantas, algunas de ellas tan perfectas, que durante un tiempo todo le salió bien. Era, pues, el vivo ejemplo de la vida sonriente. De una risa con dientes blanquísimos, perfectos, de esos que te levantan el día, por triste que sea. Menuda estupidez que un gesto consiga encenderte el ánimo. O las ganas. Pero eso es otra historia que te contaré más adelante. Como decía, creaba magia, espejismos de aire como telas de araña, y era sorprendente ver cómo, cuando hablaba, apenas te daba tiempo a preguntar, a protestar siquiera. Todo giraba siempre bajo su batuta, incluso cuando la conversación discurría por otras bocas y sobre menesteres que no fuesen suyos. Era yugo. Era dominio. Era simple magia. Era un "no hay vuelta atrás" si te asomabas muy adentro. Era Lauren Bacall bañada por esa luz que la volvía inmortal en El Sueño Eterno. Tan dulce como peligrosa. La provocación hecha curva. El filo afilado de un cuchillo escondido en el perfil de unos labios que al abrir convierten en sal al más osado. El final más inesperado de una película que, seas quien seas, nunca te dejará indiferente.




Le gustaba la magia, y todo se reducía prácticamente a ella. La erótica de un poder que nada tiene que ver con el dinero o una posición acomodada materializada en un cuerpo, en dos ojos y una nariz rectísima. Como el ángel negro, te arruinará cuando quieras recuperar tu alma, si es que alguna vez puedes deshacerte de su brazo. No tiene fisuras. Nunca llorará delante de ti y si buscas algo en sus ojos no hallarás, pues nunca hubo ahí nada que te perteneciera. Cuando algo es tan perfecto, debe durar poco. Siempre nos gustó adorar sombras, fantasmas. Maquillar de placer el yugo. Síndrome de Estocolmo.

La vida tiene dientes, y además de sonreír, muerde.




Little sub 

Defráudame


Este año quiero que me defraudes, que me hagas girar la cara cada vez que hable de ti, que cuando escuche tu nombre tenga que morderme la lengua de puro orgullo por haberme equivocado contigo. Quiero que provoques desencantos, que me anudes el estómago alguna vez y me robes las sonrisas crueles y torcidas de ver que las cosas salen tan mal como pensaba. Quiero decepciones, y no has escuchado mal. Quiero que frustres todos mis intentos de creerte igual que tu hermano pequeño. Róbame la idea de pensar que tú serás diferente. Trae contigo a personas, y no gente. Personas que merezca la pena conocer, pero mantén cerca a los que ya conozco para que las apuestas que un día hice no caduquen en un plazo demasiado corto, o por lo menos sigue mostrándomelos tal y como y así poder seguir decidiendo. Preséntame también a los que no merezcan la pena, para que aprenda a valorar más a los que sin decir nada han estado siempre ahí, y no hagas como el pasado año, que vino y se fue a campanazos con un puñado de decepciones de la mano. Dame a conocer hombres de palabra y mujeres que sepan querer y no tengan miedo a las consecuencias. Sé el antihéroe que nadie quiere pero después todos echan de menos porque la calma y el sosiego son tan aburridos como una cara bonita después de veinte viernes. Estírate cuando sonría y hazte pequeño con cada pena. Sé libros, y cervezas, y conversaciones interesantes. Sé todo eso junto. Sé políticos que deciden por una vez no robar. Sé un verano de 365 días con alguna noche de frío para comprobar que la fricción también nos calienta. Sé un 2014 de promesas firmes, de esas que no se rompen. Sé conciertos de gente desconocida. Sé desconocidos que al hablar crean música. Sé niñas de ojos como huracanes desatados que después no se queden en falsas tormentas. Sé labios que provoquen incendios que nadie pueda extinguir.


Si me timas, que sea de esta manera, porque no creo que tú vayas a ser distinto. No vas a engañarme con esa ropa nueva y todas las esperanzas del día 1 de enero. No te creo aunque seas nuevo aquí, porque antes vinieron muchos como tú prometiendo lo mismo, y todos acabaron marchándose avergonzados sin ni siquiera despedirse.


Little sub.