Como si solamente fuésemos libres de la mano izquierda, o ciegos ante cosas que ni siquiera sobrepasan el umbral de nuestro espectro visible. Una puerta abierta pero cerrojo de cadena. Un par de alas rotas en los hombros. Una melodía que se quiebra al llegar al último verso. Escribir como forma de liberarse y odiar hacerlo por la obligación de limitarlo a un espacio blanco que parece infinito y sin embargo tiene marcado un final invisible. Como crecer por dentro. Como los sentidos, que no dejan sentir a veces, o las metáforas, tantas veces innecesarias. Como quedarse mirando por la ventana mientras el resto de niños pega patadas a un balón en el jardín. No hallar sosiego en ningún libro, en ninguna conversación, porque la clave esté más allá, mucho más, donde solo puede verse pero no tocar. Rey Sol, dime cómo arder.
Granada se encargó de recordarme en buena compañía que debería romper más moldes, no mirar a los lados y hacerlo más adentro, perder más tiempo, probar vinos nuevos, encontrar otros significados al conjunto de cosas que rodean cada vida que pasea apretada por el frío que baja de la sierra. Todo lo contrario de lo que vengo haciendo, en parte por mi culpa, en parte por la necesidad adquirida de buscar la perfección en todo y no saber apreciar que las líneas torcidas también tienen su belleza si las miras desde otro ángulo.
No reconocí alguna de sus calles
Y el veneno pesa más que la cabeza.
Aquel día bebimos demasiado,
De su boca salió música nublada.
Cortázar adquiría nuevos significados,
Si acaso nuevas percepciones.
La tristeza vino después como una revelación. Nacemos vacíos para llenarnos y sin límites para conocerlo todo, pero en lugar de aprovechar y desbordarnos, nos ponemos estacas para limitarnos. Nos enseñan a elegir nuestra vida, pero no nos dicen que lo que queremos está dentro de un escaparate, inalcanzable, hasta que es demasiado tarde, hasta que ya hemos inculcado la estúpida idea de que no se puede tener todo, porque todo tiene un límite. ¿Lo tiene realmente? ¿o somos de mentira? Nadie quiso que nos perdiéramos tantas cosas. Somos el invento de alguien imperfecto, libres sin más libertad que la impuesta por gente que un día no quiso serlo, que prefirió vivir detrás del cristal para no mojarse por miedo a encontrar un camino más allá de la obviedad. Nos imponen la necesidad de ser valientes para resolver un juego que no tiene solución, y nos dejan solos en un standby de calma hasta la siguiente fase, como una prueba de esfuerzo en un laberinto que no tiene puertas para salir. Minotauros esclavizados que no consiguen escuchar la música que suena por detrás de las paredes de cristal.
Nos toca reinventarnos. Otra vez. Encontrar colores más allá de nuestro lambda. Disparar más balas. No decirlo todo. Escribir más garabatos. Inventar palabras como en Rayuela (no dejará de perseguirme nunca) para crearnos un lenguaje capaz de evadirnos y romper fronteras. Quizá la solución se encuentre en canciones como esta, y solo podamos salvarnos con palabras que no existen.
Little sub
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