Magia



Le gustaba la magia, y dedicó gran parte de su vida a crear ilusiones. Ideó tantas, algunas de ellas tan perfectas, que durante un tiempo todo le salió bien. Era, pues, el vivo ejemplo de la vida sonriente. De una risa con dientes blanquísimos, perfectos, de esos que te levantan el día, por triste que sea. Menuda estupidez que un gesto consiga encenderte el ánimo. O las ganas. Pero eso es otra historia que te contaré más adelante. Como decía, creaba magia, espejismos de aire como telas de araña, y era sorprendente ver cómo, cuando hablaba, apenas te daba tiempo a preguntar, a protestar siquiera. Todo giraba siempre bajo su batuta, incluso cuando la conversación discurría por otras bocas y sobre menesteres que no fuesen suyos. Era yugo. Era dominio. Era simple magia. Era un "no hay vuelta atrás" si te asomabas muy adentro. Era Lauren Bacall bañada por esa luz que la volvía inmortal en El Sueño Eterno. Tan dulce como peligrosa. La provocación hecha curva. El filo afilado de un cuchillo escondido en el perfil de unos labios que al abrir convierten en sal al más osado. El final más inesperado de una película que, seas quien seas, nunca te dejará indiferente.




Le gustaba la magia, y todo se reducía prácticamente a ella. La erótica de un poder que nada tiene que ver con el dinero o una posición acomodada materializada en un cuerpo, en dos ojos y una nariz rectísima. Como el ángel negro, te arruinará cuando quieras recuperar tu alma, si es que alguna vez puedes deshacerte de su brazo. No tiene fisuras. Nunca llorará delante de ti y si buscas algo en sus ojos no hallarás, pues nunca hubo ahí nada que te perteneciera. Cuando algo es tan perfecto, debe durar poco. Siempre nos gustó adorar sombras, fantasmas. Maquillar de placer el yugo. Síndrome de Estocolmo.

La vida tiene dientes, y además de sonreír, muerde.




Little sub 

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