A mis padres



A veces lo llevas bien. A veces quisieras enterrar el mundo, hacerle pliegues y atravesarlos y volver a casa, como en las películas de ciencia ficción. Aparecer sentado en tu sillón, ver a tu madre leer y a tu padre mirar la televisión. Una escena tranquila, sin nada aparente que haga de tu momento algo irrepetible. Ver las noticias. La vida ya es literalmente irrepetible a cada momento, y los momentos buenos se van tan rápido como los malos, o los que no son tan malos, pero tampoco excepcionales. No es que quieras una vida viendo estrellas fugaces, hasta eso te cansaría. Viajas a Madrid, y los mil kilómetros que hay entre tu puerta y la capital se te vuelven pequeños cuando cruzas el cielo a cinco mil metros hasta Buenos Aires con la intención de no volver. O, al menos, no por mucho tiempo. Sabes que el dinero no te permitirá escapar un solo fin de semana, y que la tecnología da para una videoconferencia, no  aún para alterar el espacio-tiempo y aparecer sentado en tu sofá mirando a tus padres. Porque eso es lo que quieres cuando llega ese momento y reconoces que solo la familia es la que alivia el desarraigo, y viajar lo único que cuesta dinero, pero enriquece. Aunque solo sea un momento, porque lo malo de pensar a posteriori es que siempre encuentras mejores despedidas que la que protagonizaste, mejores palabras que las que pronunciaste, e incluso abrazos más intensos, y aún te quedan diez meses para un nuevo intento de mejorarlo. Pero es solo a veces, porque sabes tan bien como yo que tu casa te asfixiaba más de lo que querías, y tenías que romper, o romperte del todo, acabar con las miradas bajas al volver a casa, la parquedad de palabras (aunque nunca fuiste muy locuaz, para ser sinceros), la frustración convertida en enfados, y los sinsentidos en discusiones que siempre te reprochabas al subir a tu cuarto a compartir la rabia con tu propia sombra. Nadie se merece tus frustraciones. Y ellos, tu familia menos que nadie. Eran tuyas, aunque tengas ratos ahora en los que quisieras incluso compartirlas de nuevo con tal de encontrarte con el silencio templado de tu padre y la guerra en cinco episodios de tu madre, creyéndote más maduro por quedarte con la última palabra y no tonto por al reconocer que el silencio deja más en evidencia que alguna de tus frases perfectas.
 

No por ello estás lejos. No huyes, al revés. Solo avanzas. Disfrutando el camino, aunque a veces se acabe el agua y haga calor. Caminar es lo único que te llevará a casa, y si el viaje dura seis años, es que habrá merecido la pena. Y mucho. Vendrán otros enfados, pero no serán los mismos, y quizá tengan la misma distancia con la que los veo ahora, y no sean tan graves. Seguro que no. Volverás cuando puedas, a disfrutar de una tarde de domingo en el sofá viendo películas de cine de barrio, descubriendo cómo hemos cambiado, y cuánto nos queda por aprender también, y volverás a irte, porque la vida está en otra parte, la vida que es tan importante como la que dejaste, porque será la que te quede el resto de tu vida. Tres vidas para una sola persona. ¿Acaso no estábamos aquí para vivir más de una, o acaso lo inventé?

Os quiero.



Little sub


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