Un crío ardiendo



Un sueño fue lo que me impulsó a abandonarme. A abandonarte. A decir adiós como muchas veces nos dijimos, pero con un matiz de realidad que me hacía difícil planteármelo de veras. Saber que estás cayendo y no habrá remedio ni una mano desconocida que te levante para que vuelva a empezar aquello que, en realidad, nunca tuvo un inicio marcado. Me he visto volver a casa con la espalda ardiendo y mi madre preguntarse indolente, sin una palabra, qué era aquello que quemaba a su hijo. Era un sueño, y yo lo sabía. Se notaba en el color que tenían las paredes de mi cuarto, y en que todas las preguntas, incluso las que aún no me había insinuado, tenían ya su respuesta y esperaban impacientes a ser solicitadas. Y me decía que ojalá que despierte y no busque razones, como dice la canción, aunque yo ya no quiera empezar de cero, ni cogerle la mano, ni tenga que decir que he pasado la vida sin saber que la espero. Al menos me quedan las metáforas y las canciones. Me salvan de escribir más mentiras y tener que calentarme el café, que otra vez se me enfrió, como la inspiración, de tantas vueltas que da esto hacia una nada salpicada de días como hoy en los que te quedas un par de horas en la puerta de mi habitación sin decir nada, que es como decir adiós hasta dentro de un mes. Es curioso: casi siempre salen las cosas como no pensabas, pero ya no es momento de desandar el camino, ni siquiera para robarte el testamento de maldiciones que te dejé como única herencia de nuestro litigio.


Little Sub.

No hay comentarios :

Publicar un comentario