Navidad en septiembre



A veces, si te paras un momento a pensarlo, puedes verte en la cara de otra gente. En la de los que eliges, a diferencia de los que te trajeron un día. Gente que a veces te monta un verano en pleno diciembre o una Navidad en agosto, depende de lo que te guste más, si el frío o el calor. El caso es que un día te los encuentras por la calle y, sin querer, te dicen la contraseña que te abre todas las puertas. El veneno, para entonces, ya está dentro, pero de eso te das cuenta mucho después, cuando quieras cerrar la puerta un día de viento, o de enfado, y sigas escuchando murmullos dentro. Nos hemos comido unos a otros sin entrar en la literalidad. Hemos sobrevivido, y puede que algunas noches se nos quedaran demasiado cortas o con sensación de vacío antes de dormir. Quizá no fuera más que el momento perfecto para encontrarse: la inocencia necesaria, la madurez necesaria, las ganas necesarias e incluso el hartazgo necesario entre cañas, viajes, echar de menos a unos y de más a otros, de encontrarse a uno mismo, de ver a los demás de lejos, de inicios, de finales, de planes pendientes (pocos) y objetivos cumplidos (muchos), de copas, festivales, piscinas en ropa interior y vecinos mirones a las siete de la mañana. 

Era el momento de explotar por dentro de tal manera que la gente te mirara hasta con curiosidad. Y lo hemos hecho.




Todos sabemos que hay cosas que, aun sin verlas, se perciben. Como Septiembre, que a veces llega con un poco de retraso pero ya sabes que está ahí, erizándote la piel más de la cuenta por la noche o regalándote un cielo más cián por un tiempo limitado, como todo lo bueno. Septiembre te llega de repente con un puñado de evidencias, como el resumen del año. De hecho, debería ser septiembre, y no diciembre, el que lo despidiera con una nochevieja. No nos pondríamos tan nostálgicos, tendríamos más tiempo para echar de menos, la celebración sería más larga, menos envuelta en cristianidad y, casi con toda seguridad, acabaría con todos en la playa viendo salir el sol con Scott McKenzie cantándonos San Francisco, pero en España. También habría columpios, pero esto solo lo entienden los que han visto amaneceres montados en columpios.




Así me deja septiembre. Como si tuviera doce años. Como el perro de la foto que se hace a su vez una foto con Pluto y piensa que es el mejor puto día de su vida. Hay sensaciones que apenas pueden escribirse porque ni siquiera sabes cómo describirlas. Es a lo que me refería al comienzo del anterior párrafo. Hablo de sensaciones, de poemas de Mathew Dickman, de un todo al que no le falta nada, y no desaparece. Se queda ahí aunque sabes que habrá un final. Siempre lo hay, y ha llegado ya. Pero lo que me llevo (nos llevamos) no nos lo quita nadie. Puede que nos queden muchas cosas por hacer, pero y qué. Puede que nos hayamos pasado bebiendo más de dos (y tres) noches seguidas, pero y qué. Puede que haya faltado algún día de esos de estar solo nadando de noche, sin ni siquiera ver el fondo, y jugar a aguantar la respiración con los ojos cerrados por el puro placer de la nada. Pero y qué. 


Necesitamos la oportunidad de bailar
con desconocidos hermosos de verdad. Un baile lento
entre el sofá y la mesa del comedor, al final
de una fiesta, mientras la persona que amamos salió
a buscar el coche
porque empezaba a llover y si alguna parte se nos moja
le rompería el corazón.

Hace unos días, sin cervezas de por medio y por whatsapp, que ya es decir, una amiga me contaba su verano y me sorprendió su modo de ver las cosas (también reforcé la idea obvia de por qué las mujeres se casan con hombres cuatro o cinco años mayores), porque tenía la misma resignación que yo, después de unos años de autoflagelación y estudio de relaciones humanas, he conseguido alcanzar en lugar de lamentarme por causas ajenas. A lo que iba: venía de estrellarse un rato con el mundo, con la gente, con amigos de antes y amigos de ahora, con personas de otro tipo y no pasaba nada. No era malo. Al menos, no del todo. Después de un tiempo he aprendido que las cosas que duran para siempre se pierden por querer que duren para siempre, y porque nos empeñamos inconsciente pero irremediablemente en que ocurra, en lugar de aceptar que somos de ida y vuelta, que necesitamos gente que salga de nuestra vida para seguir avanzando, que nos marchamos cuando algunos vienen, y a veces llegamos cuando otros se han ido. Que lo que vemos en la cara de otra gente es todo lo que hemos sido o un veinticinco de diciembre en pleno septiembre. 

Un baile lento
para traer la noche a casa, para romperla. Dos personas
hamacándose como una boya. Nada extravagante.
Una musiquita. Una botella de whisky vacía.
Es un poco como ser infiel. Tu cabeza apoyada
en su hombro, tu aliento que sube por su cuello.
Tus manos le recorren la columna. Las caderas de ella
se desdoblan como una servilleta de algodón
y empiezas a pensar cómo es que todas las estrellas del cielo
están muertas.

Cuando me atasco a la hora de escribir pienso en la gente, leo poesía desordenadamente o me da por pensar en que todo depende del tiempo que falta hasta el próximo verano.



Little Sub
Poema de Matthew Dickman, fotografías de Magdalena Wosinska


Risa floja



Hay algo que siempre nos aboca al desastre y no entendemos, un par de luces largas que te deslumbran y te hacen que derrapes hasta acabar en la cuneta. Después nos da la risa floja y cantamos canciones absurdas, nos ponemos a divagar y encontramos cosas tan paradójicas como que un cielo estrelladísimo de estrellas no es más que un cielo de estrellas que, en realidad, están muriendo. La belleza del final, aunque su luz sea la de un final que perdura años. No todas las muertes son feas, ni definitivas. Mírame a mí. Ya morí hace ya unos meses y aquí sigo, esperando no sé qué, riendo, viviendo, bebiendo, jodiendo como un autómata despojado de su corazoncito de tela, intentando entender que hace tiempo dejamos de ser tú y yo para ser solo pronombres.





Alguien juega con los hilos de otros. La distancia se reduce sin porqués, pero vuelve a extenderse al infinito a la primera declaración de intenciones. La vi alejarse y no era nítida. El cristal trasero de su coche me impidió fijarme en los detalles, pero sabía que era ella, y en su cara adiviné la misma lágrima que yo solté hace unos días, y un poco de rímel pintando a borrones su mejilla. Le pedí que no se dejara llevar, como una de esas promesas que se pronuncia entre dientes cuando eres pequeño, pero sabía que era inútil, pues jamás escucharía mis súplicas. Que fuera fuerte y esperara, que las fieras surgen de los resquicios del estrés después de respirar dos veces con los párpados cerrados. 


Después me arrepentí a medias. En el fondo sabía que ya se había dejado caer, y yo ya cantaba canciones absurdas y contaba estrellas, fuera a ser que cuando volviera a mirar, alguna se hubiera ido de verdad. Para siempre.




Sueños y esoterismo. Little sub
(Fotografía: Joné Reed)