Risa floja
Hay algo que siempre nos aboca al desastre y no entendemos, un par de luces largas que te deslumbran y te hacen que derrapes hasta acabar en la cuneta. Después nos da la risa floja y cantamos canciones absurdas, nos ponemos a divagar y encontramos cosas tan paradójicas como que un cielo estrelladísimo de estrellas no es más que un cielo de estrellas que, en realidad, están muriendo. La belleza del final, aunque su luz sea la de un final que perdura años. No todas las muertes son feas, ni definitivas. Mírame a mí. Ya morí hace ya unos meses y aquí sigo, esperando no sé qué, riendo, viviendo, bebiendo, jodiendo como un autómata despojado de su corazoncito de tela, intentando entender que hace tiempo dejamos de ser tú y yo para ser solo pronombres.
Alguien juega con los hilos de otros. La distancia se reduce sin porqués, pero vuelve a extenderse al infinito a la primera declaración de intenciones. La vi alejarse y no era nítida. El cristal trasero de su coche me impidió fijarme en los detalles, pero sabía que era ella, y en su cara adiviné la misma lágrima que yo solté hace unos días, y un poco de rímel pintando a borrones su mejilla. Le pedí que no se dejara llevar, como una de esas promesas que se pronuncia entre dientes cuando eres pequeño, pero sabía que era inútil, pues jamás escucharía mis súplicas. Que fuera fuerte y esperara, que las fieras surgen de los resquicios del estrés después de respirar dos veces con los párpados cerrados.
Después me arrepentí a medias. En el fondo sabía que ya se había dejado caer, y yo ya cantaba canciones absurdas y contaba estrellas, fuera a ser que cuando volviera a mirar, alguna se hubiera ido de verdad. Para siempre.
Sueños y esoterismo. Little sub
(Fotografía: Joné Reed)
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