Irreemplazable



No digas que la odias. No digas que no volverás. Si te vas y no regresas, no será por su culpa, y te perderás su luz, su tranquilidad en las últimas horas de la tarde, justo antes de que todos se vayan y te quedes a solas contigo, y yo perderé todo lo que ella intentó hacer de ti, lo que encontré y después cambió por puro agotamiento. No digas que la cambias. No digas que en otro sitio te acogerán mejores brazos. Hay cosas que son irreemplazables. El mundo que te asfixia, el puto mundo, no se lo merece. No digas que odias. Te volverás loca de pensar que podría haber sido mejor si no hubieras fallado, aun sabiendo que vivir así de rápido requiere estar dispuesta a aguantar bofetadas con sonrisas en la cara. Ya no vale llorar sin motivo. Quédate con lo que ella hizo de ti y no dejes que la memoria pinte a borrones todo lo que te erizaba la piel cuando caminabas a su lado. No merece la pena preguntarse más por qué. Si te ves valiente, coge el vestido de verano que nunca quiere tapar tu espalda. Y si alguna vez quisiste caminar por otra espalda, por otras calles, ponte los zapatos y una chaqueta nueva aunque no haga frío, por si acaso es que llueve de repente y son tus ojos al encontrarte con tu propia vida a la vuelta de la esquina en Gran Vía y no soportas contarle las mentiras que te dices y, así, no sea solamente yo quien tenga miedo. Miedo de que te quedes sin ganas, sin memoria o sin fuerzas para empezar a ver de nuevo las cosas desde el otro lado. No todas las calles tiene siempre un final en la arena de la playa.




Te habrás marchado lejos,
Pero no más de lo que estás ahora de ella.

No hay fechas señaladas. Simplemente fue el día en que corriste con la idea de no regresar. Lo sabrás cuando pienses y veas al pasado devolvértela con una sonrisa que no querías esbozar. La nostalgia, quizá, y volverás aunque ahora digas nunca, que es la palabra más mentirosa que tiene el diccionario, y el camino de vuelta a casa está marcado en el suelo de todas las ciudades que pises. Por eso no es una despedida. Solo un adelanto. Hay cosas que suceden de repente y otras que se van gestando lentamente, tan en silencio que ni tan siquiera uno es capaz de advertirlo. Como si el inconsciente echara el cierre a una parte de tus deseos y no te dejara verlos. Hay un solo camino y te llevará a diferentes lugares, pero seguirá siendo uno. El segundo es reemplazable. Prescindible. Como algún recuerdo que no quisieras tener hoy.



Little Sub

(Fotografía: Elena Sariñena)


Turnedo



¿Cuándo, detrás de una puerta, dejará de haber siempre más puertas? Esquivas mis pasos, caminando sigilosa tras mi sombra, y devoras como el humo todo lo que tocas, negra, densa, sin un principio definido, sin un final que alcanzar, envolviendo cada gesto, enturbiándome la vida, convirtiendo en inútil todo aquello que resultaba vital excepto no mirarte a los ojos, dejar de pensar, caminar en línea recta, pensarte, tocarme, masticar. Sigo sin entender tu juego y tú brillas hasta cegar, me miro en el espejo pero no consigo encontrar las cicatrices, allí no están, están por dentro, por fuera todo es normal. Empecé a escribirte en verso, pero mis poesías, como casi todo, acababan siempre mal. No me ayudan las canciones ni hay melodía en tu boca, ya no suena nada al despertar. Me volvería a perder mil veces, si no fuera porque no hay manera de hallar la respuesta que falta. No tengo más ganas de buscar. Esta manía de quedarme en los huesos jugando a la guerrilla, esta forma de desgastarme las manos, tiene que acabar alguna vez, aunque tu silencio, que es una trinchera, no augura más que la guerra fría de ver quién escribe primero, quién abre fuego y desata el huracán que lo barra todo y devuelva las cosas a su estado original de no dormir demasiado y dar vueltas en la cama esperando que me digas que no todo está escrito, pero no perdido. Al menos no como yo, que vivo predestinado a desgastarme contigo a balazos para comprender de una vez que todo lo que uno ama no es más que un hechizo, pura magia si te quedas a un centímetro, una enajenación mental transitoria mientras te llega la receta, dormir poco, soñar mucho, amaneceres de mil días rotos de golpe por un desaire, y tengo que acabar de decirlo para que dejemos de perseguirnos de una vez, sin decirte que no te odio aunque sí lo haga a ratos, sin decirte que no volveré aunque siga contando los días por dentro. ¿Cuándo vendrá el día en que me dejes  caer por fin? ¿Cuándo me pedirás que no te quiera más?

No es tuya entera toda la culpa, al fin y al cabo. Un día te acaricié la piel y aquí sigo, metido en una canción de Ferreiro. Un día te dejaste de querer y te quedaste seca. Seca por dentro. Seca de sentimientos. Y desde entonces no hay sonrisas, sino muecas oscuras y llenas de mentiras, miradas de recelo y labios apretados donde solo había dientes blancos, apretados de saber que cuando huyas te alcanzará siempre su recuerdo en la peor de las resacas y yo me quedaré en la cuneta con un absceso de recelo al mundo, cómplice de todo lo que tú viviste preguntándome si de verdad merecía la pena entonces, si merece la pena ahora, si era mejor esquivar cada paso o caminar en la sombra como si ya no estuvieras. Sin traspasar la entrada donde muchos perecieron intentando rescatarte y en tus ojos solo hallaron bofetadas. ¿Quién no tiene valor para marcharse?






Little sub.