Turnedo



¿Cuándo, detrás de una puerta, dejará de haber siempre más puertas? Esquivas mis pasos, caminando sigilosa tras mi sombra, y devoras como el humo todo lo que tocas, negra, densa, sin un principio definido, sin un final que alcanzar, envolviendo cada gesto, enturbiándome la vida, convirtiendo en inútil todo aquello que resultaba vital excepto no mirarte a los ojos, dejar de pensar, caminar en línea recta, pensarte, tocarme, masticar. Sigo sin entender tu juego y tú brillas hasta cegar, me miro en el espejo pero no consigo encontrar las cicatrices, allí no están, están por dentro, por fuera todo es normal. Empecé a escribirte en verso, pero mis poesías, como casi todo, acababan siempre mal. No me ayudan las canciones ni hay melodía en tu boca, ya no suena nada al despertar. Me volvería a perder mil veces, si no fuera porque no hay manera de hallar la respuesta que falta. No tengo más ganas de buscar. Esta manía de quedarme en los huesos jugando a la guerrilla, esta forma de desgastarme las manos, tiene que acabar alguna vez, aunque tu silencio, que es una trinchera, no augura más que la guerra fría de ver quién escribe primero, quién abre fuego y desata el huracán que lo barra todo y devuelva las cosas a su estado original de no dormir demasiado y dar vueltas en la cama esperando que me digas que no todo está escrito, pero no perdido. Al menos no como yo, que vivo predestinado a desgastarme contigo a balazos para comprender de una vez que todo lo que uno ama no es más que un hechizo, pura magia si te quedas a un centímetro, una enajenación mental transitoria mientras te llega la receta, dormir poco, soñar mucho, amaneceres de mil días rotos de golpe por un desaire, y tengo que acabar de decirlo para que dejemos de perseguirnos de una vez, sin decirte que no te odio aunque sí lo haga a ratos, sin decirte que no volveré aunque siga contando los días por dentro. ¿Cuándo vendrá el día en que me dejes  caer por fin? ¿Cuándo me pedirás que no te quiera más?

No es tuya entera toda la culpa, al fin y al cabo. Un día te acaricié la piel y aquí sigo, metido en una canción de Ferreiro. Un día te dejaste de querer y te quedaste seca. Seca por dentro. Seca de sentimientos. Y desde entonces no hay sonrisas, sino muecas oscuras y llenas de mentiras, miradas de recelo y labios apretados donde solo había dientes blancos, apretados de saber que cuando huyas te alcanzará siempre su recuerdo en la peor de las resacas y yo me quedaré en la cuneta con un absceso de recelo al mundo, cómplice de todo lo que tú viviste preguntándome si de verdad merecía la pena entonces, si merece la pena ahora, si era mejor esquivar cada paso o caminar en la sombra como si ya no estuvieras. Sin traspasar la entrada donde muchos perecieron intentando rescatarte y en tus ojos solo hallaron bofetadas. ¿Quién no tiene valor para marcharse?






Little sub.


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