Diferencias diferentes
[Viene de mucho antes y sigue mucho después, aunque no conste]
Ayer sentí la envidia de aquellos que asocian la inmigración con una forma fácil de conseguir un pequeño sueldo y un teléfono móvil viviendo “gratis” en España. De última generación, decían, como un pretexto de peso para justificar la injusticia de ser subsahariano y disponer, en cambio, de 4G. Me crispé también —esto fue hace algo más de tiempo— al ver la cruel indiferencia en quienes asocian una alambrada capaz de matar personas con el justo castigo para los que intentan saltarla. Y me dolió tanto que me pregunto a veces si hemos perdido el juicio y la capacidad de medir el sufrimiento y la humanidad propia y ajena. Creo que estamos tan saturados de brutalidad en los medios de comunicación que vivimos anestesiados, y por ende nuestro umbral de hospitalidad está tan alto que alcanzarlo solo es posible cuando el daño se nos aflige a familiares, amigos o nosotros mismos.
Llevamos viendo la inmigración masiva por televisión desde hace casi una década, y Melilla, por ser territorio español en África, frontera con Marruecos y puerta de Occidente con el tercer mundo, además de verla, la ha vivido en primera persona curando las heridas de todos los que consiguieron saltar la alambrada. Diez años, aproximadamente, y pienso que pocos o ninguno nos hemos sentado a reflexionar cinco minutos —cuando digo cinco, son cinco minutos reales y completos en una década— en los motivos que la vida pone por delante a un joven de 17, 18 años para que termine jugándose la vida entrando ilegalmente y a la fuerza en otro país sin que el vértigo nos haga replantearnos muchas, muchas cosas.
Nos ofuscamos en lo fácil, en colocarnos como víctimas de la tragedia, y no como en cómplices de la lacra eterna que es el hambre. Ni siquiera, con todo lo que presumimos de multiculturalidad, alianza de civilizaciones, convivencia pacífica con otras religiones y costumbres, somos capaces de reconocer que a una ciudad como la nuestra le quedan veinte años para que encontrar juntos en un pub a negros y blancos no suscite miradas de reojo y comentarios de soslayo.
La culpa siempre será, para algunos, de los inmigrantes que quieren entrar en la ciudad, legal o ilegalmente, porque nadie les llamó, y teorías de la desigualdad entre el primer y el tercer mundo, la ayuda humanitaria como solución que nunca llega o llega mal o la crisis de valores de Occidente son conceptos demasiado abstractos e incómodos de debatir, y preferimos llevar nuestro discurso a los tópicos y justificar que todo es inevitable, incluida la distancia (artificial) que hemos construido día a día para hacer más diferentes las diferencias que nos separan.
Estamos tan atontados con la exclusividad de las cosas, con lo genuino que tiene que ser todo lo que nos rodee y nos toque que nos olvidamos con demasiada facilidad que no todo se resume en lo perfecto. Nos quedamos con el paquete y tiramos lo que nos conmueve con tal de salir del paso a por la siguiente cosa bonita de la lista. Y hablo de la moda, la literatura, el cine o la información en los medios, pero también de las relaciones humanas, de la piedad que puede sentirse y debería sentirse por alguien que se acerca con el único deseo de cambiar su vida. Queremos que todo sea perfecto y en ello no cabe todo, porque nuestro listón está tan alto y nosotros tan aleccionados que no somos capaces de ver más allá de la piel de cada uno. A nadie le importa lo que ocurra inmediatamente después de su puerta, y si importa es porque perciben acertada o erradamente una sensación de invasión de la intimidad.
No nos queda conciencia. Apenas queda ya algo.
Little sub.
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