Anoche conocí el límite de lo infinito, y debo asegurar que no me alegró la vista. De hecho, ver cómo algo que creías tan lejano que apenas tenía línea del horizonte se acaba, me superó, me bloqueó y ya no supe más qué decir. Puede que acertara también al no decir nada, y ahora vuelvo a casa con la certeza de haber andado bien el camino, pero con la pena reluciente del que tanto ha buscado sin hallar respuesta, que es mayor aún que la del día en que todo acabó. El límite del infinito es negro porque no hay colores, y si te asomas un rato debes apartar la cara para respirar porque tampoco hay aire, aunque lo hagas prevenido y sepas que lo único que vas a encontrar allí es la nada más absoluta. El final de los finales no tiene una señal que te guíe de vuelta a casa. Puede que la haya, pero yo hoy no la veo, porque hoy es el final de todos los libros de mi vida, y el daño, a diferencia de los límites, sí es infinito.
Sé que todo esto se borrará cuando me vacíe aunque hoy no quiera
Cuando ya no crea que estás
Pero parezca que te has ido
Ni crea que te has ido
Pero parezca que estás.
Cuando después de llorar
La boca no me sepa a sal.
Cuando verdaderamente cese el ruido.
Cuando ya no crea que estás
Pero parezca que te has ido
Ni crea que te has ido
Pero parezca que estás.
Cuando después de llorar
La boca no me sepa a sal.
Cuando verdaderamente cese el ruido.
Dicen que si irrumpes en una guerra ya iniciada, es probable que regreses magullado, te obliguen a capitular antes de tiempo y ni siquiera nadie vea tu bandera blanca pidiendo clemencia. Es el precio de entrar por la puerta de atrás.
Little sub
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