España ficción



Esto es un ejercicio de política-ficción, pero como esta España es una mina de sorpresas donde lo más inesperado se hace realidad sin sonrojo, por qué no fingir que una investidura sensata es posible. Puestos a imaginar, quizá hasta Pedro Sánchez y Mariano Rajoy se hacen adultos de golpe y zanjan con un apretón de manos sus diferencias, enconadas tras el cara a cara que dinamitó cualquier acuerdo.

Los dos personajes de esta ficción son los ya mencionados Rajoy y Sánchez. El primero, gallego como todas sus respuestas, es la representación de la podredumbre que la corrupción ha generado su propio partido —el primero de la historia en ser imputado en su totalidad— y la total ausencia de carisma. Capaz de dirimir asuntos de Estado tras un plasma, el señor Rajoy, con todo su oprobio, ha sido incluso presidente del país que ahora necesita un nuevo gobierno, pero no hace nada, no dice nada, no piensa nada. Y no da el primer paso. Tiene la agenda libre para el que quiera reunirse con él. No enctra quehaceres en la ronda de contactos para investirse él mismo de nuevo presidente, avalado por sus resultados electorales. La prisa es mala consejera, dice él, aficionado a recopilar aforismos y frases lapidarias para llenar su Enciclopedia Rajoydiana de la Lógica Dialéctica, y por eso espera a que los demás se reúnan, discutan, se peleen, formen coaliciones, conspiren contra él y le acusen de ser un presidente ausente, inoperante. Rajoy es un hombre cansado, resignado, que sigue por inercia, por un resquicio de orgullo, por no pasar demasiado pronto al geriátrico de políticos que empiezan a escribir memorias.

Sánchez, en cambio, es joven. Es guapo. Tiene estudios. Si en lugar de español fuese norteamericano, su percha le haría llevar plantada la chaqueta de congresista, bandera yanqui incluida en la solapa azul marino. En las películas de Hollywood, me refiero. Es nuestro Ben Affleck político. Alto, ligón, pero hueco. Sánchez es todo cáscara. Y como le ocurre casi todos los guapos que nacieron para posar con una sonrisa perfecta en la foto, posee un ego que llega diez minutos antes que él a cualquier evento y se va diez minutos después. Por eso no puede aguantar que Rajoy siga gobernando. La insolencia que arrastra desde su juventud le juega malas pasadas, y por su mala lengua le insultó y se arrastra ahora, se desdice, coquetea con los que nunca iba a coquetear, se enfrenta a los suyos en combate cainita, y se mantiene en la cuerda floja como un funambulista dando pasos hacia delante, sin retorno y sin saber si el camino continúa más allá de la esquina.

En esta política ficción también hay cabida para el desencuentro y el mutis, pues que dos políticos cuyo trabajo es legislar, hacer y hablar, que no puedan mantener una conversación de más de 20 minutos es, cuanto menos, inusitado. Pero así es el nivel político en esta España ficcionada reinada por un rey que reina pero no gobierna, al que ni siquiera le permiten tener una opinión, pero está más formado, más capacitado y más cualificado que cualquiera de los aspirantes a la presidencia del Gobierno. Ese rey que supo saltarse el cuento de hadas —y el protocolo— y casarse con una plebeya, que se desentendió para que su real hermana se sentara ante un tribunal por delitos cometidos sin necesidad, tiene ahora la responsabilidad de elegir al candidato a presidir el país que reina. No todo iba a ser viajar diplomáticamente. Quién sabe, incluso podría seguir escribiendo el libro de este país de fantasía y proponer a un personaje nuevo en esta trama, que ya no es de dos sino de cuatro, que es la política española. Dado que Rajoy y Sánchez, responsables del estancamiento en que se encuentran 45 millones de personas, no quieren ni saben hablar ni tienen todo el respaldo de su propio partido, y establecen líneas rojas en lugar de líneas de diálogo y piensan más en salir airosos de su duelo personal, no estaría mal soñar un poco y creer que, a pesar de ser las dos listas más votadas, otro podría ocupar su lugar.

Uno de esos personajes nuevos es Pablo Iglesias. A diferencia de Rajoy, por ejemplo, el líder de Podemos es un personaje blando, es decir, que ayer fue una cosa que hoy ya no es, y mañana puede ser algo que hoy pensaríamos imposible. Antimonárquico, anti casta, asaltador de cielos y rompedor de las Españas, no ha titubeado a la hora de  cambiar su programa de un año para otro sonriendo a la galería, como hiciera su colega griego Tsipras, por la noche antieuropeísta y por la mañana amante de la canciller Merkel. Debe pensar Iglesias que poderoso caballero es don dinero
aunque no lo pueda reconocer en público, vaya a convertirse en capitalista de repente—, capaz de templar los vinagres comunistas si a cambio te dan un sillón, cuatro grupos parlamentarios o un ministerio de Economía aun cuando tu programa electoral nació de una demanda profundamente social. Ese es Pablo Iglesias, homónimo del fundador del PSOE, ansioso por aniquilarles para quedarse con el abanico de la izquierda. Qué ironía. De lograrlo, serían Pablo Iglesias fundador y Pablo Iglesias aniquilador. Ironías de la política. Pero las cartas sobre la mesa. Lo que importa ahora a su partido es la vicepresidencia, los principales ministerios y todo lo que Pedro Sánchez esté dispuesto a ceder para gobernar y no morir ahorcado por los suyos.

Como en una comedia shakesperiana pero a la española, el personaje que menos peso tiene en todo esto podría convertirse en protagonista. Puede que Albert Rivera tenga ese papel. Es el amigo que media en las peleas, el joven que supo salir de casa joven, conocer mundo y abrir el campo de visión. Resabiado, pico de oro, catalán, es la mesura entre tanta agua revuelta. El amigo joven que se mueve entre adultos porque quedarse en un ayuntamiento se le antojaba demasiado poco, pero que en el primer gran acto público, la prueba de fuego, llegó nervioso, transpirando y con la tráquea apretada. Ni defender ni atacar. Término medio. Político templado. Las encuestas le lanzaron y terminó pidiendo la hora, con las expectativas diluidas y una fama que, aunque le precedía y se mantiene, debe ganarse de nuevo. y a ello se dedica desde pasada la polvareda. Finalizadas las elecciones, ha llegado a Zarzuela  como cuarta fuerza, pero la misma coherencia, la misma solidez que le caracterizaba hace cuatro semanas. Está en mala posición para pedir su momento, pero como la ficción es así de caprichosa, estamos a tiempo de un desliz real que le diera la vuelta a esta situación. Al fin y al cabo, lo que promete Rivera no es más que anteponer los grandes problemas a los sillones y las siglas, diálogo, frenar el independentismo galopante de su Cataluña, cumplir la ley que unos quieren saltarse para asignarse escaños y millones de euros sin justificación y liderar un gobierno más allá del turnismo y las mayorías absolutas, remitiéndose a las pruebas de Andalucía y Madrid, donde ya gobierna. ¿Pura fantasía?

Podría cambiar el cuento, y proponer el rey un dirigente para repetir el cuento de 1975 y formar gobierno de (segunda) transición, pero la probabilidad apunta a que Rajoy se negará por segunda vez, y volveremos a la realidad, a esta España donde Belén Esteban, de presentarse, tendría hoy un escaño en el Congreso. A esta España donde la realidad es la obsolencia del modelo democrático y la ausencia de voluntad para cambiarlo; a los intereses y egos personales por encima de políticas que blinden el bienestar de la sociedad por generaciones. En esta España donde es posible que una persona puede aliarse con independentistas, comunistas, facciones de derechas nacionalistas y socialistas y liderar un gobierno aunque más que líder sea rehén; es creer que cambiando cromos se arregla el problema de la educación, la sanidad, la justicia, las administraciones públicas, la ley electoral y la unidad del país. Ojalá viviéramos esa ficción donde los buenos terminan felices y los malos, desgraciados. Quién sabe. Quizá todo sería más bonito.



Little sub



Esto es el fracaso



Lo que ocurre con la crisis migratoria en Europa es la consecuencia de lo que se venía anunciando desde hace años: que toda la marea de personas contenida fuera del continente traspasaría la frontera un día, llamaría a las puertas de Berlín, Londres o París, y entonces veríamos qué pasaba. Mientras tanto, el problema era únicamente de España, Italia, Grecia o Turquía. Por geografía, eran países de contención. Por distancia, un mirar constante hacia otro lado. Nadie hablaba de reubicar, de cuotas de asilo, de acoger refugiados. Ningún político salía a la palestra lamentándose cuando morían en Melilla, en Turquía, en Lampedusa, como lo hacen ahora. La política migratoria de la UE descansaba en la política migratoria de cada país, y se bañaba con fondos de ayuda para calmar la conciencia, reubicarlos, levantar muros e incrementar la vigilancia policial. Y eso, es hipocresía.

Lo que ocurre con las miles de personas que abandonan sus países —son personas, no ilegales, inmigrantes o refugiados; antes que eso son personas— no viene de ahora, ni de hace un par de años. En España, 2005 y 2014 fueron los años con mayor número de saltos. En Italia, después de que Túnez estallara en 2009, Lampedusa ha pasado de acoger 850 personas a 23.352, y el colapso se mantiene a día de hoy. En Siria, la guerra civil de 2011 provocó un éxodo a Turquía, Jordania, Líbano o Iraq — Israel prohibió literalmente la llegada de refugiados— que ahora se extiende al centro de Europa. Hubo denuncias, hubo informes, hubo predicciones de expertos, pero Berlín, París y Londres se limitaban a mirar de lejos el problema. La distancia, a veces, es un concepto abstracto, como la vergüenza, la dignidad o la humanidad, y lo que había entre los inmigrantes y refugiados de guerra y la troika era un abismo que nadie quería salvar. Bastante se ha trabajado para salvar de la crisis a los países del Mediterráneo como para encima arreglar el problema migratorio, debían pensar algunos en el Eurogrupo. Y eso, es insolidaridad.





 

Lo que ocurre con los quienes pueden arreglar el problema es que prefieren sacar de la inmigración un rédito político. En Italia, la presión humana en Lampedusa, unida a la falta de medios, se utilizó por el partido de la Liga Norte para crear el pánico social y el rechazo al extranjero. En España, se ha asociado a los subsaharianos con el ébola y otras enfermedades, y se ha criticado con virulencia la ayuda económica y sanitaria que reciben cuando llegan a los centros de acogida. Y en Siria, la propaganda occidental ha impuesto un guión en el que los rebeldes apoyados por EEUU luchaban contra el gobierno de Al Asad en un conflicto civil asimétrico que ha desembocado en una crisis con miles de muertos y millones de desplazados, dejando al país sumido en el caos de un gobierno corrupto rodeado por miembros del ISIS. En ninguno de los tres casos se ha velado por el interés de la población autóctona o extranjera, y en todos estos años el control de los medios ha permitido que lo realmente importante subyaciera bajo el interés político y económico a la hora de tomar partido por un bando. Y eso, es manipulación.

Lo que ocurre con nosotros es que ya vivimos anestesiados por el bombardeo constante de imágenes, vídeos y mensajes contradictorios, y aunque apenas nos afecta ya ver imágenes de bombardeos, naufragios o saltos masivos a un puesto fronterizo, no significa que el drama se encoja. Disponemos de tal cantidad de información sin control que la ventaja se vuelve inconveniente, y hay que bucear y espantar agoreros para hallar verdades. Aún quedan resquicios de sensibilidad; por eso ha dado la vuelta al mundo la fotografía del niño ahogado en la orilla. Porque aunque intentemos darle sentido a la barbarie nos rodea, esa imagen rompe nuestros principios como ser humano, nos escupe en la cara y nos enmudece. Porque no hay palabras para describirlo. Porque todavía hay dudas de que una fotografía tan dura llegue a conmover a los gobernantes, obligándoles moral y políticamente a poner fin a la vergüenza. Eso es indignación.

Lo que ocurre es que la venda ya se ha caído. La mecha se ha acabado y la bomba nos ha explotado en las manos. No será la única explosión, viendo la reacción de Europa, que solo habla de levantar campamentos, de instalar y reubicar, de negociar la cuota de acogida de cada país. Lógico, por otra parte. Proponer otras medidas más eficaces —que las hay— sería admitir su fracaso como Unión, como continente que abandera la democracia y la Paz de los pueblos. Porque si ahora comienza a trabajar en el origen, tendría que reconocer su parte de responsabilidad en lo que allí ha ocurrido. Que sus guerras tienen mucho que ver con nuestro euroamerican way of life. Invadimos países para salvarlos de la tiranía de sus gobernantes, nos hacemos dueños de sus vidas, cambiamos su cultura, su historia, imponemos nuestro sistema político, y cuando hemos arramplado con todo o la cosa se pone imposible económicamente, decimos adiós, cuídense, mucha suerte, la culpa es únicamente suya por no querer jugar con nuestras reglas. Y así nos volvemos a casa con la frente alta, la moral —si es que existe ya— por los suelos y pasamos a otra cosa. Reseteamos, y si nos acordamos es porque en la televisión cada día aparecen familias que tienen que huir de guerras o se estrellan en concertinas, la dosis diaria de bombas que rompen vidas o las mafias que aprovechan para hacer negocio a costa del dolor.

La realidad, la que hemos creado, es demasiado dura para aceptarla y permitir que nuestros ciudadanos la vean, pero todo se suaviza con un poco de control de medios. Solo los periodistas freelance libres de medios infestados de interés político contarán la verdad, pero son pocos y apenas tienen voz. Además, las audiencias dudarán en creer si el medio que le apoya no es masivo. Así que tampoco habrá que pelear mucho con ellos: quien decida creer a esos parias periodistas que insisten en repetir que EEUU y Europa son parte del origen serán los raros de su casa, y vivirán bajo la sombra de ser agoreros pesimistas en contra de la buena democracia. Y así, resuelto ese problema, seguirá siendo fácil aplicar las tradicionales medidas de contención.

Pero eso, eso es ser cómplice de la muerte de miles de personas; eso es ausencia total de sentimientos, es enterrar muy profundos los valores que un día abanderamos. Es el fracaso de EEUU, de la UE, de la ONU. Es olvidar que somos seres humanos.



Little sub.
Fotografía: El Roto



Las cuentas




Lo primero pensé fue en marcharme y dejarle todos los trozos bajo su sábana.
Lo segundo es un rayo que me atraviesa la mente.

Tres son las veces que llamé a tu portal anoche, de madrugada.
Lo cuarto son tus ojos, que chispean a veces sin motivo.
Lo quinto, dejarle paso a mi propia sombra para que me nuble la mente.

Después tengo que reconocer que debería dejar de vivir pegado a tu falda.
Lo sexto y séptimo, espantar lo que pienso a bofetadas.

Las cuentas siguen sin salirme.



No pienses que la solución es huir, o encerrarte en lugares  inaccesibles, ni cierres la boca y te ates las manos para que todos crean que ya no estás allí. Si insistes, lo pensarán, pero serán los menos importantes, los que jamás llegarán a saber que eres más fuerte de lo que tú reconociste un día que hoy parece lejano, y se equivocarán como quizá te equivocas hoy al creer al desasosiego cuando te dice que no puedes superarte. A veces el hastío convierte detalles en montañas, y el tiempo es tan leve que resulta desesperante esperar a que pase, como el vacío o una película que perdió el sonido sin querer. Respiras pero el aire no entra. Gritas y apenas te escucha nadie. Los pedazos se te caen y los brazos no alcanzan a recogerlos. Y la pena es una puta que se te pega al alma cuando estás perdida hasta que alguien te la arranca. Mientras tanto, respira, porque hay aire; grita, porque hay gente que te escucha, y baila, porque aunque se te caigan algunos pedazos siempre tendrás a alguien esperando para regalarte algunos suyos y reparar tus agujeros.



Little Sub.






Esto es agua




Hacía tiempo que no encontraba algo tan auténtico. Cuando las verdades son tan vírgenes, empiezas a echar cosas de menos, pero te da fuerzas para seguir buscando algo más. Con todos ustedes, David Foster Wallace en estado puro.