Lo que ocurre con la crisis migratoria en Europa es la consecuencia de lo que se venía anunciando desde hace años: que toda la marea de personas contenida fuera del continente traspasaría la frontera un día, llamaría a las puertas de Berlín, Londres o París, y entonces veríamos qué pasaba. Mientras tanto, el problema era únicamente de España, Italia, Grecia o Turquía. Por geografía, eran países de contención. Por distancia, un mirar constante hacia otro lado. Nadie hablaba de reubicar, de cuotas de asilo, de acoger refugiados. Ningún político salía a la palestra lamentándose cuando morían en Melilla, en Turquía, en Lampedusa, como lo hacen ahora. La política migratoria de la UE descansaba en la política migratoria de cada país, y se bañaba con fondos de ayuda para calmar la conciencia, reubicarlos, levantar muros e incrementar la vigilancia policial. Y eso, es hipocresía.
Lo que ocurre con las miles de personas que abandonan sus países —son personas, no ilegales, inmigrantes o refugiados; antes que eso son personas— no viene de ahora, ni de hace un par de años. En España, 2005 y 2014 fueron los años con mayor número de saltos. En Italia, después de que Túnez estallara en 2009, Lampedusa ha pasado de acoger 850 personas a 23.352, y el colapso se mantiene a día de hoy. En Siria, la guerra civil de 2011 provocó un éxodo a Turquía, Jordania, Líbano o Iraq — Israel prohibió literalmente la llegada de refugiados— que ahora se extiende al centro de Europa. Hubo denuncias, hubo informes, hubo predicciones de expertos, pero Berlín, París y Londres se limitaban a mirar de lejos el problema. La distancia, a veces, es un concepto abstracto, como la vergüenza, la dignidad o la humanidad, y lo que había entre los inmigrantes y refugiados de guerra y la troika era un abismo que nadie quería salvar. Bastante se ha trabajado para salvar de la crisis a los países del Mediterráneo como para encima arreglar el problema migratorio, debían pensar algunos en el Eurogrupo. Y eso, es insolidaridad.
Lo que ocurre con los quienes pueden arreglar el problema es que prefieren sacar de la inmigración un rédito político. En Italia, la presión humana en Lampedusa, unida a la falta de medios, se utilizó por el partido de la Liga Norte para crear el pánico social y el rechazo al extranjero. En España, se ha asociado a los subsaharianos con el ébola y otras enfermedades, y se ha criticado con virulencia la ayuda económica y sanitaria que reciben cuando llegan a los centros de acogida. Y en Siria, la propaganda occidental ha impuesto un guión en el que los rebeldes apoyados por EEUU luchaban contra el gobierno de Al Asad en un conflicto civil asimétrico que ha desembocado en una crisis con miles de muertos y millones de desplazados, dejando al país sumido en el caos de un gobierno corrupto rodeado por miembros del ISIS. En ninguno de los tres casos se ha velado por el interés de la población autóctona o extranjera, y en todos estos años el control de los medios ha permitido que lo realmente importante subyaciera bajo el interés político y económico a la hora de tomar partido por un bando. Y eso, es manipulación.
Lo que ocurre con nosotros es que ya vivimos anestesiados por el bombardeo constante de imágenes, vídeos y mensajes contradictorios, y aunque apenas nos afecta ya ver imágenes de bombardeos, naufragios o saltos masivos a un puesto fronterizo, no significa que el drama se encoja. Disponemos de tal cantidad de información sin control que la ventaja se vuelve inconveniente, y hay que bucear y espantar agoreros para hallar verdades. Aún quedan resquicios de sensibilidad; por eso ha dado la vuelta al mundo la fotografía del niño ahogado en la orilla. Porque aunque intentemos darle sentido a la barbarie nos rodea, esa imagen rompe nuestros principios como ser humano, nos escupe en la cara y nos enmudece. Porque no hay palabras para describirlo. Porque todavía hay dudas de que una fotografía tan dura llegue a conmover a los gobernantes, obligándoles moral y políticamente a poner fin a la vergüenza. Eso es indignación.
Lo que ocurre es que la venda ya se ha caído. La mecha se ha acabado y la bomba nos ha explotado en las manos. No será la única explosión, viendo la reacción de Europa, que solo habla de levantar campamentos, de instalar y reubicar, de negociar la cuota de acogida de cada país. Lógico, por otra parte. Proponer otras medidas más eficaces —que las hay— sería admitir su fracaso como Unión, como continente que abandera la democracia y la Paz de los pueblos. Porque si ahora comienza a trabajar en el origen, tendría que reconocer su parte de responsabilidad en lo que allí ha ocurrido. Que sus guerras tienen mucho que ver con nuestro euroamerican way of life. Invadimos países para salvarlos de la tiranía de sus gobernantes, nos hacemos dueños de sus vidas, cambiamos su cultura, su historia, imponemos nuestro sistema político, y cuando hemos arramplado con todo o la cosa se pone imposible económicamente, decimos adiós, cuídense, mucha suerte, la culpa es únicamente suya por no querer jugar con nuestras reglas. Y así nos volvemos a casa con la frente alta, la moral —si es que existe ya— por los suelos y pasamos a otra cosa. Reseteamos, y si nos acordamos es porque en la televisión cada día aparecen familias que tienen que huir de guerras o se estrellan en concertinas, la dosis diaria de bombas que rompen vidas o las mafias que aprovechan para hacer negocio a costa del dolor.
La realidad, la que hemos creado, es demasiado dura para aceptarla y permitir que nuestros ciudadanos la vean, pero todo se suaviza con un poco de control de medios. Solo los periodistas freelance libres de medios infestados de interés político contarán la verdad, pero son pocos y apenas tienen voz. Además, las audiencias dudarán en creer si el medio que le apoya no es masivo. Así que tampoco habrá que pelear mucho con ellos: quien decida creer a esos parias periodistas que insisten en repetir que EEUU y Europa son parte del origen serán los raros de su casa, y vivirán bajo la sombra de ser agoreros pesimistas en contra de la buena democracia. Y así, resuelto ese problema, seguirá siendo fácil aplicar las tradicionales medidas de contención.
Pero eso, eso es ser cómplice de la muerte de miles de personas; eso es ausencia total de sentimientos, es enterrar muy profundos los valores que un día abanderamos. Es el fracaso de EEUU, de la UE, de la ONU. Es olvidar que somos seres humanos.
Little sub.
Fotografía: El Roto
