Van a partirte el corazón



Y te vi reír a carcajadas, y el maquillaje rodar por tu mejilla cabalgado por una lágrima. Y la historia se escribió ese día con palabras bonitas como sortilegio, o presagio, o almizcle. O dicotomía. Nos crujían los huesos, pero no éramos viejos ni nada, era solamente un escorzo de sonrisas, y de tu boca salía música. Pero no aprendíamos porque no queríamos tener memoria. Queríamos aprendernos pero olvidarnos para encontrarnos cada día y vivir como si fuera el primero. Como ciegos que se leen con las yemas de los dedos. Como si el tiempo se hubiera detenido y todas las cartas llenas de mentiras que un día escribiste fuesen cosas de un pasado que ha perdido su valor y ya no importaran, porque todo lo que viviste antes era quietud, un mar en calma, un respirar el vacío que deja frío en los pulmones una mañana helada. Nada. Nada y, sin embargo, ahora era un vendaval, un reloj que corría a toda prisa si me colgaba de tus medias, la asfixia de correr sin saber a dónde, como si así recuperásemos un tiempo que jamás volverá, pero que tampoco queremos ver de nuevo. 




De verdad: no tenía intención de vivirte así de deprisa, y a veces me imponía esperas de un día o dos para volver a hablarte que, después, resultaban ser un reto y un castigo a partes iguales. Todo porque te ibas sin avisar, y me dejabas enrabietado preguntándome cómo podías ser tan esquiva. Eran tan largos los días y tan pocos los momentos que, en seguida, ya los había repasado todos en mi cabeza y tenía que empezar de nuevo a recordarlos. Escuché decir que si solo regalas miradas y nunca amor terminarás teniendo un corazón ciego de tan cansado, y me aterró la idea de ser el voyeur más cercano de tu vida, que en realidad todo fuera una farsa y estuviera describiendo sentimientos ajenos que yo sentía como míos sin que nada fuera real. Nada como yo sentía por dentro.

Debería aprender a sufrir el dolor de día. Creo que así sería menos real; un dolor distraído, edulcorado, que no te espera para irse y esquiva los vórtices en los que nunca debiera estar, lo cual suele coincidir con las primeras luces de la tarde y algunas estrellas arañando el cielo en su carrera personal por dejarse ver la primera. Me dan miedo los vórtices. Esos momentos de inanidad total, como una película de cine mudo a cámara lenta en la que consigues verte a ti mismo y descubres que a través del espejo la vida no es tan brillante como parecía, y que en realidad todos los príncipes están encerrados en el mismo cuento, como huéspedes de una cárcel esperando la hora del recreo. Van a partirte el corazón, repiten, y yo mientras miro tu vestido, que deja entrever tu espalda. Es hermoso estar aquí: momentos de lucidez fugaz en un mundo de sombras furtivas. 




Little sub
(Fotografía: Robert Harper)





Secuelas




Los recuerdos no son episodios de la memoria, sino secuelas de una fiebre de vida vivida intensamente. ¿Quién mata el deseo de venganza de los que un día cambiaron las palabras por cuchillos? ¿La flor por el desenfreno de la ignorancia?


Little sub
(Fotografía: Mert&Marcus)